Nicaragua bajo presión

Un pueblo y una Iglesia de pie

Desde hace meses, Nicaragua ha vuelto a ocupar las portadas de diversos medios de comunicación del mundo. Un régimen contra las cuerdas se refugia en una obstinada y cruel represión

Por: Moisés Daniel Pérez Díaz (desde Nicaragua)
APTOPIX Nicaragua Unrest

Nicaragua, que hasta mediados de abril aparentaba una relativa estabilidad económica y social, experimentó desde entonces la mayor explosión popular de su historia reciente.
En medio de este fenómeno sociopolítico, la Iglesia, con el episcopado a su cabeza, continúa desempeñando un papel fundamental.

La rebelión popular y el diálogo nacional
El 18 de abril, unas protestas estudiantiles, a propósito de una reforma al sistema de pensiones, fueron reprimidas por la policía y grupos afines al gobierno haciendo uso de la fuerza desmedida y desproporcionada.
Tal acción desencadenó una serie de protestas que catalizaron el enorme descontento popular que se había mantenido latente hasta el momento, cuando el presidente Daniel Ortega había cumplido once años en el poder.
La verdad es que la situación ya era compleja en materia de derechos fundamentales como la libertad de expresión y la libertad de pensamiento crítico. El gobierno había apostado a que su alianza con el gran capital, que había mantenido al país en una relativa bonanza económica y una estabilidad social aparente, era suficiente para perpetuarse en el poder a costa de desmontar las instituciones estatales y dominar todos los espacios de la vida social y política. Se pensaba que si el tema económico y social estaba resuelto, el pueblo toleraría los abusos en el poder.
Hoy el país lleva más de cinco meses en estado de rebelión cívica. Las protestas han sido criminalizadas porque el gobierno no admite su responsabilidad en los hechos violentos, muertes, desapariciones y detenciones ilegales que se han producido.
Las protestas han sido duramente reprimidas por la Policía y por grupos parapoliciales y paramilitares afines al gobierno y que actúan con total impunidad sembrando el terror y el caos.
Desde el 16 de mayo se ha instaurado un diálogo nacional, convocado por el gobierno, que pretende encontrar una salida a la crisis. Los mediadores y testigos del mismo son los obispos de la Conferencia Episcopal y están presentes en el diálogo diversos sectores de la sociedad, tales como estudiantes, campesinos y empresarios, productores, organizaciones de derechos de la mujer y personalidades destacadas de la vida intelectual.
La propuesta de los diversos sectores representados en el diálogo nacional agrupados en la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia pasa por un proceso de democratización de las instituciones del estado que supone un adelanto de elecciones propuesto para marzo de 2019. Esta propuesta fue presentada al presidente de la República por los obispos. Éste la catalogó como un golpe de Estado y no la aceptó bajo ningún término, tildando de “golpistas” a todos aquellos que se manifiestaran a favor de un cambio estructural en Nicaragua, incluidos los obispos.
Esto lo expresó en un discurso público, el 19 de julio, con motivo del 39° aniversario de la Revolución Popular Sandinista.
A la par de estos acontecimientos el país vive un notable deterioro en cuanto a derechos humanos, que ha sido atestiguado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) en su informe presentado el 22 de junio del corriente. Junto al informe de la Cidh, diversas organizaciones nicaragüenses de derechos humanos hablan ya de más de 300 muertos, muchos heridos, detenciones ilegales y otros abusos por parte del gobierno y los grupos parapoliciales.

El rol del episcopado
A lo largo de los más de once años del gobierno de Daniel Ortega, el episcopado nicaragüense ha mantenido una posición crítica y a la vez prudente.
En el año 2014, los obispos entregaron al presidente una carta en la que le advertían de los peligros para el país de seguir con su política de socavar las instituciones democráticas.
En aquella ocasión el gobierno no escuchó este clamor e hizo caso omiso al llamado de los obispos. Pero ha sido a raíz de la actual coyuntura que el papel de los obispos se ha visto totalmente alterado.
Su papel como mediadores y testigos en el diálogo nacional ha sido especialmente destacado. Ha sido un maravilloso ejemplo de profecía. El episcopado nicaragüense se ha mostrado como un cuerpo cohesionado, sin rasgos de figureo personal. Considero que este ejercicio colegial es expresión de la acción del Espíritu Santo, que nos pide acciones más comunitarias, más comunionales.
En este momento, el episcopado nicaragüense goza de una autoridad moral sin discusión, reconocida por todos los sectores. Tal autoridad hizo posible que los obispos y sacerdotes jugaran un papel determinante en la liberación de algunos detenidos y en la mediación en zonas de conflicto, evitando más derramamiento de sangre.
A lo largo de la crisis, el episcopado ha llamado, desde diversos espacios, con nombre y apellido, a los responsables de los atropellos en contra de la población desarmada a que cesaran la represión y a buscar caminos de diálogo y entendimiento.

La apuesta por el diálogo
A pesar de la actitud de distancia del gobierno hacia los obispos −a quiénes acusar de ser “jueces y parte” (parte contraria)− y de las agresiones sufridas por algunos obispos y sacerdotes, así como de ataques y profanaciones a templos católicos en distintos lugares del país por parte de grupos afines al gobierno, los obispos han manifestado su voluntad de seguir como mediadores y testigos en el diálogo nacional. Han sido claros en manifestar su cercanía con las víctimas de la violencia gubernamental y su deseo de encontrar caminos de reconciliación, paz y justicia para Nicaragua. Esto les ha valido un creciente respeto y apoyo de muchos sectores y credos de la sociedad nicaragüense -que han marchado por las calles en señal de solidaridad- y de organismos de derechos humanos y la comunidad internacional. Definitivamente, en Nicaragua los obispos han sabido ser pastores cercanos a su pueblo en sintonía con la verdad del evangelio de la vida.
Vivimos tiempos duros, oscuros y difíciles, pero de igual manera plenos de esperanza, porque sabemos que la oscuridad de la noche pronto será disipada por la luz del “sol que nace de lo alto”.