Los hechos y nuestras opiniones

Eres el dueño de la razón

En tiempos de polarización, decir que las redes sociales digitales crean “burbujas ideológicas” se transformó casi que en un lugar común. Pero la culpa por los cada vez más estridentes conflictos entre posiciones aparentemente irreconciliables, sea cual fuere el asunto, no puede ser exclusivamente atribuida a algorritmos creados por las gigantes digitales para generar cliks

Por: Daniel Fassa
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En tiempos de polarización, decir que las redes sociales digitales crean “burbujas ideológicas” se transformó casi que en un lugar común. Pero la culpa por los cada vez más estridentes conflictos entre posiciones aparentemente irreconciliables, sea cual fuere el asunto, no puede ser exclusivamente atribuida a algorritmos creados por las gigantes digitales para generar cliks y lucro. Al mapear nuestras preferencias y presentar solamente contenidos que nos son gratos, esos mecanismos solo atienden −y potencian, no se puede negar− demandas arraigadas que todos traemos dentro de nosotros: los sesgos cognitivos.
Estudiados por neurocientíficos desde hace décadas, esos sesgos consisten en la tendencia natural del ser humano de comprender la realidad de manera parcial e intuitiva, según sus necesidades más urgentes, comenzando por la supervivencia.
“Para entender los sesgos es importante que tengamos una noción de cómo funciona la cognición (el proceso de adquirir conocimiento). Por ella, nosotros tendemos a minimizar la cantidad de informaciones que tenemos que procesar en el ambiente en que estamos. Esto pasa porque, si bien tenemos una capacidad de interacción y entendimiento bastante sofisticada, esta capacidad tiene una limitación expresiva que redunda en lo que llamamos economía cognitiva: necesitamos maximizar nuestra posibilidad de entendimiento del mundo, muchas veces dejando de lado diversas otras cosas importantes para hacerlo. Los sesgos son un subproducto de esa economía cognitiva”, explica Ronaldo Pilati, profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Brasilia (UnB) y autor del libro Ciencia y pseudociencia: porque creemos en lo que queremos creer.
Un ejemplo claro de los sesgos cognitivos en acción y de su importancia en el proceso de evolución humana se encuentra en un artículo del neurocientífico Jean Faber, de la Universidad Federal de San Pablo (Unifesp): “Imagina que uno de nuestros ancestros saliera para cazar y de repente cayera en una trampa, rodeado de predadores carnívoros. Tiene pocas posibilidades de suceso salir con vida. Necesita reaccionar rápido y no puede errar en su decisión. En esa situación, nuestro amigo del pasado no tiene mucho tiempo y tiene poca información. El ambiente que lo rodea es de alto riesgo y de incertidumbre. ¿Podrá detenerse, dibujar un diagrama con las opciones posibles, hacer cálculos probabilísticos complejos para evaluar cada paso y cada proyección de esa decisión? Ciertamente no, porque, aunque llegase a un resultado perfecto, esa evidentemente, por cuestiones de tiempo, no sería una buena estrategia. En ese caso, para salvar su vida, la estrategia que nuestro personaje imaginario utilice no necesita ser perfecta en el sentido matemático sino que tiene que ser rápida y eficiente en el sentido biológico”.
Entre los diversos sesgos detallados por este investigador brasileño, uno en particular ayuda a entender la polarización y las burbujas sobre las cuales hablamos al inicio: el sesgo de confirmación. Es decir, la tendencia de manejar informaciones que sustenten nuestras creencias y rechazar aquellas que las cuestionen, además de ver en la realidad solo los datos que confirman nuestras convicciones.
“Las personas creen que la mente humana es como la de un científico, que observa los datos y, a partir de éstos, saca una conclusión que se aproxime lo más posible de la verdad. Pero existen diversas investigaciones en el área de la psicología social que indican que si hiciéramos una analogía de la mente humana, ella se parecería mucho más a la de un abogado (que defiende a su cliente de cualquier nuevo indicio levantado contra él)”, explica el psicólogo Bruno Stefani Ferreira de Oliveira, quien desarrolla una investigación de doctorado en este campo. Para Oliveira, otra clave para entender el fenómeno es la llamada disonancia cognitiva. Esto es, la incomodidad generada por ideas que ponen en jaque nuestras creencias más enraizadas. “El simple hecho de escuchar a una persona que tiene una opinión diferente de la tuya causa una incomodidad cognitiva. A causa de esa incomodidad, acabas rechazando o dejando de escuchar los datos presentados por esa persona, y focalizas más tu atención hacia los datos que convergen hacia tu propia idea”.

Investigaciones
Las reflexiones sobre la capacidad humana de aprender correctamente la realidad y conocer la verdad se remontan a los orígenes de la filosofía. En una de las controversias intelectuales más célebres de la historia, Sócrates (470-399 a.C.) y el sofista Gorgias (487-380 a.C.) trabaron una batalla argumentativa sobre la posibilidad misma de conocer la verdad, en un episodio que revela la inquietud del ser humano en relación a sus capacidades cognitivas.
En la modernidad, para citar apenas un ejemplo, el científico y filósofo inglés Francis Bacon ya afirmaba, en 1620, que “el entendimiento humano, una vez que haya adoptado opiniones (sea porque ellas ya fueran aceptadas o validadas, sea porque les gustan), diseña todo el resto para apoyar y concordar con ellas. Y aunque pueda encontrar un mayor número y peso de casos contrarios, con gran preconcepto, los ignorará, los condenará o los excluirá, aduciendo alguna excepción, algún distingo, para que la autoridad de esos presupuestos anteriores suyos pueda permanecer intacta e ilesa”.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, investigaciones y experimentos comenzaron a presentar evidencias empíricas sobre el funcionamiento de los sesgos cognitivos. Como relata el reportaje de la revista The New Yorker publicada el año pasado (Why facts don’t change our minds), Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper, de la Universidad de Stanford, realizaron el siguiente experimento en 1979: seleccionaron estudiantes con opiniones opuestas con respecto a la pena de muerte; la mitad de ellos creía fuertemente en la eficiencia de la pena capital en la reducción de la criminalidad, mientras que la otra mitad la consideraba inocua. Se expusieron los participantes a dos estudios ficticios, el primero con datos que supuestamente comprobaban la eficiencia de la medida y el segundo con evidencias contrarias a ésta. Después de la lectura, los estudiantes favorables a la pena de muerte consideraron el primer informe muy confiable y el segundo, poco convicente. Los estudiantes de opinión contraria, en cambio, los evaluaron de forma diametralmente opuesta.

SociedadLos hechos y nuestras opinionesEres el dueño de la razón En tiempos de polarización, decir que las redes sociales digitales crean “burbujas ideológicas” se transformó casi que en un lugar común. Pero la culpa por los cada vez más estridentes conflictos entre posiciones aparentemente irreconciliables, sea cual fuere el asunto, no puede ser exclusivamente atribuida a algorritmos creados por las gigantes digitales para generar cliks y lucro. Al mapear nuestras preferencias y presentar solamente contenidos que nos son gratos, esos mecanismos solo atienden −y potencian, no se puede negar− demandas arraigadas que todos traemos dentro de nosotros: los sesgos cognitivos.Estudiados por neurocientíficos desde hace décadas, esos sesgos consisten en la tendencia natural del ser humano de comprender la realidad de manera parcial e intuitiva, según sus necesidades más urgentes, comenzando por la supervivencia.  “Para entender los sesgos es importante que tengamos una noción de cómo funciona la cognición (el proceso de adquirir conocimiento). Por ella, nosotros tendemos a minimizar la cantidad de informaciones que tenemos que procesar en el ambiente en que estamos. Esto pasa porque, si bien tenemos una capacidad de interacción y entendimiento bastante sofisticada, esta capacidad tiene una limitación expresiva que redunda en lo que llamamos economía cognitiva: necesitamos maximizar nuestra posibilidad de entendimiento del mundo, muchas veces dejando de lado diversas otras cosas importantes para hacerlo. Los sesgos son un subproducto de esa economía cognitiva”, explica Ronaldo Pilati, profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Brasilia (UnB) y autor del libro Ciencia y pseudociencia: porque creemos en lo que queremos creer.Un ejemplo claro de los sesgos cognitivos en acción y de su importancia en el proceso de evolución humana se encuentra en un artículo del neurocientífico Jean Faber, de la Universidad Federal de San Pablo (Unifesp): “Imagina que uno de nuestros ancestros saliera para cazar y de repente cayera en una trampa, rodeado de predadores carnívoros. Tiene pocas posibilidades de suceso salir con vida. Necesita reaccionar rápido y no puede errar en su decisión. En esa situación, nuestro amigo del pasado no tiene mucho tiempo y tiene poca información. El ambiente que lo rodea es de alto riesgo y de incertidumbre. ¿Podrá detenerse, dibujar un diagrama con las opciones posibles, hacer cálculos probabilísticos complejos para evaluar cada paso y cada proyección de esa decisión? Ciertamente no, porque, aunque llegase a un resultado perfecto, esa evidentemente, por cuestiones de tiempo, no sería una buena estrategia. En ese caso, para salvar su vida, la estrategia que nuestro personaje imaginario utilice no necesita ser perfecta en el sentido matemático sino que tiene que ser rápida y eficiente en el sentido biológico”.Entre los diversos sesgos detallados por este investigador brasileño, uno en particular ayuda a entender la polarización y las burbujas sobre las cuales hablamos al inicio: el sesgo de confirmación. Es decir, la tendencia de manejar informaciones que sustenten nuestras creencias y rechazar aquellas que las cuestionen, además de ver en la realidad solo los datos que confirman nuestras convicciones.“Las personas creen que la mente humana es como la de un científico, que observa los datos y, a partir de éstos, saca una conclusión que se aproxime lo más posible de la verdad. Pero existen diversas investigaciones en el área de la psicología social que indican que si hiciéramos una analogía de la mente humana, ella se parecería mucho más a la de un abogado (que defiende a su cliente de cualquier nuevo indicio levantado contra él)”, explica el psicólogo Bruno Stefani Ferreira de Oliveira, quien desarrolla una investigación de doctorado en este campo. Para Oliveira, otra clave para entender el fenómeno es la llamada disonancia cognitiva. Esto es, la incomodidad generada por ideas que ponen en jaque nuestras creencias más enraizadas. “El simple hecho de escuchar a una persona que tiene una opinión diferente de la tuya causa una incomodidad cognitiva. A causa de esa incomodidad, acabas rechazando o dejando de escuchar los datos presentados por esa persona, y focalizas más tu atención hacia los datos que convergen hacia tu propia idea”.
InvestigacionesLas reflexiones sobre la capacidad humana de aprender correctamente la realidad y conocer la verdad se remontan a los orígenes de la filosofía. En una de las controversias intelectuales más célebres de la historia, Sócrates (470-399 a.C.) y el sofista Gorgias (487-380 a.C.) trabaron una batalla argumentativa sobre la posibilidad misma de conocer la verdad, en un episodio que revela la inquietud del ser humano en relación a sus capacidades cognitivas.En la modernidad, para citar apenas un ejemplo, el científico y filósofo inglés Francis Bacon ya afirmaba, en 1620, que “el entendimiento humano, una vez que haya adoptado opiniones (sea porque ellas ya fueran aceptadas o validadas, sea porque les gustan), diseña todo el resto para apoyar y concordar con ellas. Y aunque pueda encontrar un mayor número y peso de casos contrarios, con gran preconcepto, los ignorará, los condenará o los excluirá, aduciendo alguna excepción, algún distingo, para que la autoridad de esos presupuestos anteriores suyos pueda permanecer intacta e ilesa”.A partir de la segunda mitad del siglo XX, investigaciones y experimentos comenzaron a presentar evidencias empíricas sobre el funcionamiento de los sesgos cognitivos. Como relata el reportaje de la revista The New Yorker publicada el año pasado (Why facts don’t change our minds), Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper, de la Universidad de Stanford, realizaron el siguiente experimento en 1979: seleccionaron estudiantes con opiniones opuestas con respecto a la pena de muerte; la mitad de ellos creía fuertemente en la eficiencia de la pena capital en la reducción de la criminalidad, mientras que la otra mitad la consideraba inocua. Se expusieron los participantes a dos estudios ficticios, el primero con datos que supuestamente comprobaban la eficiencia de la medida y el segundo con evidencias contrarias a ésta. Después de la lectura, los estudiantes favorables a la pena de muerte consideraron el primer informe muy confiable y el segundo, poco convicente. Los estudiantes de opinión contraria, en cambio, los evaluaron de forma diametralmente opuesta.