Enero 2019

“Tu deber es buscar la justicia, sólo la justicia”

(Deuteronomio 16,20)

Por: Letizia Magri
Japan Nagasaki Anniversary

El Libro del Deuteronomio se presenta como una serie de discursos pronunciados por Moisés hacia el final de su vida. Les recuerda a las nuevas generaciones las leyes del Señor, mientras contempla desde lejos la Tierra Prometida hacia la cual guió con coraje al pueblo de Israel.
En este libro, la ley de Dios es presentada antes que nada como la palabra de un Padre que cuida de todos sus hijos. Es un camino de vida que él dona a su pueblo para realizar un proyecto de alianza. Si el pueblo la observa fielmente, por amor y gratitud más que por temor al castigo, seguirá experimentando la cercanía y la protección de Dios.
Una de las maneras para realizar concretamente esta alianza con Dios consiste en seguir decididamente la justicia. El fiel la realiza cuando recuerda con gratitud la elección del Señor por su pueblo y lo adora sólo a Él, pero también cuando rechaza beneficios personales que oscurecen la conciencia frente a las necesidades del pobre.
La experiencia cotidiana nos pone frente a muchas situaciones de injusticia, incluso graves, que perjudican especialmente a los más débiles, a quienes sobreviven en los márgenes de nuestra sociedad. Cuántos Caínes ejercen violencia con el hermano o la hermana.
Erradicar las desigualdades y los abusos es una exigencia fundamental de justicia, comenzando por nuestro corazón y por los ámbitos de nuestra vida social.
Sin embargo, Dios no realiza su justicia destruyendo a Caín, sino que se preocupa por protegerlo a fin de que retome el caminoi . La justicia de Dios es dar vida nueva.
Como cristianos hemos encontrado a Jesús. Con sus palabras y sus gestos, pero sobre todo con el regalo de la vida y de la luz de la Resurrección, él nos ha revelado que la justicia de Dios es su amor infinito por todos sus hijos.
A través de Jesús se abre también para nosotros el camino para poner en práctica y difundir la misericordia y el perdón, fundamento de la justicia social.
Al acoger esta Palabra, podemos empeñarnos en buscar caminos de reconciliación comenzando entre los cristianos. Poniéndonos luego al servicio de todos, podremos sanar las heridas de la injusticia.
Es lo que experimentan desde hace algunos años cristianos de diferentes iglesias que se dedican a los detenidos en la ciudad de Palermo, en Italia. La iniciativa surgió gracias a Salvatore, miembro de una asociación evangélica: “Me di cuenta de las necesidades espirituales y humanas de estos hermanos nuestros. Muchos de ellos no tenían familiares que pudieran ayudarlos. Confié en Dios y hablé con varios hermanos de mi iglesia y de otras”. Agrega Christine, anglicana: “Poder ayudar a estos hermanos necesitados nos pone contentos porque torna concreta la providencia de Dios que quiere hacer llegar su Amor a todos, a través de nosotros”. Y Nunzia, católica, añade: “Nos pareció una ocasión tanto para ayudar a los hermanos en necesidad como para contribuir a anunciar a Jesús”.
Es una realización de lo que expresara Chiara Lubich en 1998 en la iglesia evangélica de Santa Ana, en la ciudad alemana de Augsburgo, durante un encuentro ecuménico:
“Si nosotros, cristianos, damos una mirada a nuestra historia no podemos dejar de sentirnos dolidos al constatar cómo ha habido a menudo una sucesión de incomprensiones, de conflictos, de peleas. Culpa seguramente de circunstancias históricas, culturales, políticas, geográficas, sociales… pero también del decaer entre los cristianos del característico elemento unificador: el amor. La tarea ecuménica será realmente fecunda si quienes se dedican a ella ven en Cristo crucificado y abandonado que se entrega al Padre, la clave para comprender cada desunión y recomponer la unidad. La unidad vivida surte un efecto: se trata de la presencia de Jesús entre personas de la comunidad. ‘Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre -dijo Jesús- yo estoy presente en medio de ellos’ (Mateo 18,20). Jesús entre un católico y un evangélico que se aman, entre anglicanos y ortodoxos, entre una armenia y una reformada que se aman. Cuánta paz desde ahora, cuánta luz para un recto camino ecuménicoii“.
i Cfr. Génesis 4, 8-16.
ii C. Lubich, 29 de noviembre de 1998.