Ida Vitale

De la literatura más allá de los premios

Una obra fundamental —poesía, crítica, relatos— que traspasa las fronteras

Por: Pablo Rocca*
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Los premios a la trayectoria, no los que emanan de concursos en que es necesario mantener el anonimato, son instituciones conservadoras. Ida Vitale (Montevideo, 1923) acaba de ser beneficiada con el Premio Cervantes, como antes lo fue con el Reina Sofía –por supuesto que también en España–; antes, en Monterrey, con el Alfonso Reyes, un poco atrás, con el Octavio Paz, entre otros y, en su país, con el doctorado honoris causa de la Universidad de la República y una lejana pensión graciable que se le asignó (como a Idea Vilariño, a Marosa di Giorgio, a Wenceslao Varela) en 1986. Conservar puede ser paralizante y hasta letal. Conservar también es necesario. De lo contrario anonadaríamos el pasado, el que podemos observar como relato y el que podemos aprovechar (el “pasado útil” le llamaba T. S. Eliot), aquel que podemos volver presente cada vez que lo necesitemos.
La obra de Ida Vitale está lejos de la pretensión de superabundancia, como podría ser el extremo caso de Mario Benedetti o de su coetánea y olvidadísima Concepción Silva Bélinzon. La obra de Ida Vitale se ha concentrado en el verso desde temprana edad y hasta hoy, en la crítica –el comentario de libros, sobre todo de poesía, en ciertas épocas la novela y el ensayo– y en una peculiar forma de la crónica, que en Montevideo pudo disfrutarse con su columna “Ares y mares” en el semanario Jaque a fines de los años ochenta. Fuera de un cuento infantil que apenas se publicó en México (Un invierno equivocado, 1999), y de una novela que tuvo en proyecto los últimos años –que sepamos, inédita–, fuera de algunas páginas de memorias que se permitió contrabandear en revistas mexicanas (su país de adopción por años, su patria del corazón), su obra está vertebrada por la poesía que publicó en libro desde 1949, la prosa poética que empezó a difundir en la década del 90 –como la de sus notables libros Léxico de afinidades (1994) y el más raro y orgánico De plantas y animales (2003)– y la crítica en que se inició a un tiempo que en la poesía. Siempre penetrada por el aura lírica, por la fineza y por una cierta acidez inteligente que cualquiera identifica una vez que se han leído dos o tres de estas piezas que ni siquiera el aluvión de galardones ha permitido, hasta ahora, mover el interés de ningún editor. La editorial Estuario de Montevideo reeditó el año pasado un extraño texto en prosa, El ABC de Byobu, atractiva mezcla de relato, prosa poética y reflexión, que sin embargo está lejos de la potencia de los dos libros antes mencionados. Sus notas sobre literatura desperdigadas por revistas de distintas partes de América (las hay notables acerca de Rafael Alberti, Gonzalo Rojas, o la novela de Lampedusa Il gattopardo, o un excelente ensayo sobre Felisberto Hernández) esperan ser recogidas completas. Dudo que eso suceda, salvo providencial intervención futura de la Colección de Clásicos Uruguayos o alguna operación similar o alguna bienvenida pasamanería de Internet.
Esa obra podría decirse breve para tan larga y lúcida vida. Hasta la multiplicación de los premios como si fuera una manera de la multiplicación del reconocimiento impuesta por el mercado y, por qué no, por la imitación propia de estos tiempos posmodernos y ligeros, esa obra casi se había olvidado en Uruguay. Era muy difícil hallar los libros publicados en México y, luego, en España, no porque tuvieran altos precios (casi todos los libros de cualquier autor editado en editoriales fuertes de estos países los tienen), sino porque la poesía no importa y no cuenta, salvo contados ejemplos, y porque la imagen de una Ida Vitale esteticista, ajena a los eslóganes habituales en la comarca y sus juicios más bien inclementes hacia sus congéneres le aparejó considerables distancias.
Su poesía se refugió en el homenaje, en el intertexto, desde el primer libro que convoca una cita de Lope de Vega o, por ejemplo, en la serie “Acto de conciliación” (de Sueños de la constancia, 1984). Esa sensibilidad clásica y moderna se cuela en su prosa poética. Viene de una matriz hispánica, ligada a la voz de algunos creadores de la generación del 27 (más Cernunda que Lorca, más Alberti que Aleixandre), deudora sobre todo –como se ha dicho más de una vez– de la precisión y austeridad de Juan Ramón Jiménez, quien la conoció y celebró sus versos allá por 1950. Esa prosa poética mucho debe a la concepción de Paul Valéry, y se empieza a impregnar de un dejo irónico anglosajón para manifestar la experiencia del instante. “Mariposas” muestra el acierto de esta mezcla: “De niña, fui consciente por primera vez de su belleza ante un ejemplar amazónico que me regalaron protegido bajo vidrio. Su prodigioso color mezclaba distintos tonos de turquesa y de azul en la textura de la más delicada de las sedas chinas. Parecía escapado de los cuentos de hadas que me nutrían”. “Círculo”, de Léxico de afinidades, apunta más a la percepción irónica: “El círculo es una figura potencialmente amplia, abarcadora, amable. El círculo vicioso es su subespecie mínima, ríspida, oclusa y gira en melancólicas discusiones”.
Como siempre, sus versos continúan siendo medidos con una regla perfecta, para tocar un extraño equilibrio entre forma y sonido sin que lleguen a ser canto o, menos, expresión desbordada. Así los del inicial La luz de esta memoria (1949), Cada uno en su noche (1960) u Oidor andante (1972) como los más conceptuales –y ya no tan cerebrales como los de Jardín de sílice (1977)– que están en Procura de lo imposible (México, 1998), Jardines imaginarios (México, 1996) o Trema (Valencia, 2005) y Mella y criba (Valencia, 2010). Estos últimos empezaron a cobrar vida, fuera del mínimo conjunto de fieles (título que usó para una antología), después de tantos premios. Para eso también sirven. El poema que cierra Trema revela, además, que no es tal la aparente distancia entre el cuidado formal y el mundo representado, sobre todo con su país de origen, donde vivió hasta 1974, luego un lapso entre 1985 y 1990, y al que volvió en 2017:

Agradezco a mi patria sus errores
los cometidos, los que se ven venir,
ciegos, activos a su blanco de luto.
Agradezco el vendaval contrario,
el semiolvido, la espinosa frontera de argucias,
la falaz negación de gesto oculto.
Sí, gracias, muchas gracias
por haberme llevado a caminar
para que la cicuta haga su efecto
y ya no duela cuando muerde
el metafísico animal de la ausencia.

* Profesor titular de Literatura Uruguaya en la FHCE (Universidad de la República). De Ida Vitale, prologó la reedición de la antología Fieles (Banda Oriental, 1999).