Sin gratuidad no hay trabajo

Cuando se analiza la dinámica del trabajo, se suele pensar que éste depende esencialmente de los términos pactados en el contrato, los que fijan prestaciones y contraprestaciones. Es decir, se realizan determinadas tareas, en ciertas condiciones y a cambio de una remuneración. Desde luego, son aspectos necesarios e importantes. Pero no son los únicos ni

Por: Alberto Barlocci
Presidencia República Dominicana

Cuando se analiza la dinámica del trabajo, se suele pensar que éste depende esencialmente de los términos pactados en el contrato, los que fijan prestaciones y contraprestaciones. Es decir, se realizan determinadas tareas, en ciertas condiciones y a cambio de una remuneración. Desde luego, son aspectos necesarios e importantes. Pero no son los únicos ni los esenciales.
En primer lugar, el trabajo se alimenta de gratuidad. Sin aportes voluntarios y gratuitos no es posible que haya trabajo. La razón es que un contrato podrá definir más o menos en detalle el tipo de actividad que debo realizar, pero nunca podrá establecer cuánta intuición aportar en mi tarea, cuánta empatía volcar en la atención de los clientes de una tienda, cuánta dedicación, entusiasmo, creatividad, experiencia, etc. Es decir, aportes que pueden transformar notablemente la calidad del trabajo prestado e incluso determinar la eficiencia de la empresa. Aun sin incurrir en errores o en mala praxis puedo realizar mi tarea en modo totalmente frío y distante de su sentido más profundo, y así seguir haciendo las cosas como siempre se hicieron, sin innovar, sin comprender mejor el proceso del que soy parte, sin establecer lazos con clientes y compañeros, limitándome a lo que establece el contrato. De hecho, la huelga más eficaz es realizar el trabajo a reglamento, o sea, ateniéndose pura y exclusivamente a los protocolos de actuación. No hay dudas de que nada puede funcionar de esta manera. Ningún equipo de trabajo puede tener buenos resultados con personas que se limitan a lo que les corresponde.
¿Y qué es la gratuidad? Son comportamientos que realizamos no porque recibimos algo a cambio, sino porque es bueno hacerlo, porque asumimos que eso aporta positivamente a nuestra tarea. Una sonrisa sincera, la empatía al resolver el problema de un cliente, la paciencia con la que buscamos un error que no aparece, la tenacidad con la que insistimos en un proceso que no ha dado resultados, el esmero con el que preparamos una clase… Es lo que nos hace buenos trabajadores, buenos profesionales, buenos compañeros de trabajo y que puede transformar radicalmente el clima en nuestro equipo.
La gratuidad de estos comportamientos, además de ser clave para la fluidez de toda relación contractual, nos dice también que ese aporte que nace de lo más profundo y bello de nuestro ser no puede ser medido con dinero. Gratuidad no significa que su valor es nulo, sino que es infinito, por tanto, retribuirlo significa desmerecerlo. Cuántas innovaciones productivas han surgido de la experiencia de alguien y han mejorado un proceso productivo. Pensemos también en la confianza que ha generado la persona que viene a nuestra casa a hacer limpieza y que sabemos que nunca se apropiaría de algo nuestro. ¿Cuánto vale esa confianza? Eso nos dice que nunca un sueldo podrá medir por completo el valor del trabajo de alguien. Por ello, deberíamos desterrar la consideración del trabajo humano como un recurso y su costo como el de cualquier otro insumo de la empresa. No lo es, y este debate sigue pendiente.
Una última consideración. Más allá de las problemáticas referidas al ambiente laboral, no podemos esperar las condiciones ideales para trabajar bien. Sin perjuicio de que exijamos el entorno necesario, las herramientas adecuadas y un sueldo digno, la ausencia de tales condiciones no es motivo para trabajar mal. No porque me pagan mal, conduciré el colectivo como si transportara ganado o atenderé de mala gana a los clientes. Los demás no tienen culpa por eso y se merecen que lo hagamos bien. El escritor italiano Primo Levi, quien sobrevivió al campo de exterminio de Auschwitz, contaba que pudo salvar su vida gracias a un albañil que compartió con él por meses parte de su ración especial de alimentos. Se la daban por realizar tareas de construcción. Levi se fijó en el detalle de que los muros levantados por ese albañil estaban bien hechos. Por supuesto, ese obrero detestaba Auschwitz y todo lo que ello significaba. Sin embargo, el trabajo bien hecho que realizaba hablaba de su dignidad, eran un canto a la vida aun en medio de un contexto de muerte. Siempre podremos trabajar bien.