De Afganistán al mundo

El negocio del opio (y de la heroína)

En zonas controladas por militares de Estados Unidos y Reino Unido, la producción crece sin frenos. La mitad de la producción se vende a los laboratorios farmacéuticos, mientras crece exponencialmente el número de consumidores de su principal derivado, la heroína

Por: Alberto Barlocci
Barlocci

En estos primeros 19 años del siglo XXI, el mundo ha sido sacudido por una secuencia de guerras, o acaso por un único gran conflicto supuestamente contra el terrorismo, a partir de los atentados del 11 de setiembre. Las dudas que la dinámica de esos atentados nunca ha podido dilucidar fueron confirmadas por los resultados: nunca se encontraron las armas de destrucción masivas en Irak, tampoco se pudo castigar al país afgano, que con el 11-S nada tuvo que ver. En ambos casos, iraquíes y talibanes eran adversarios de Al Qaeda, supuestamente a la cabeza de los atentados. La entidad de los fracasos es dramática, puesto que Afganistán –invadido en octubre de 2001– e Irak –invadido en 2003–, luego de la intervención armada por parte de las potencias occidentales lideradas por Estados Unidos, han caído en el caos pese al elevado precio en sangre pagado. En el caso de Afganistán han muerto unos 340.000 civiles, unos 68.000 combatientes de diferentes grupos tribales, entre ellos los talibanes, que gobernaban el país en 2001, más unos 3.540 efectivos de la coalición. En total, esta guerra provocó más de 410.000 muertes, aparentemente, sin conseguir un resultado concreto.
Por otro lado, las razones de la invasión de esos países no tuvieron que ver con la actividad terrorista, sino con la estrategia geopolítica que suele mezclarse con intereses industriales y comerciales. Admitir esta evidencia –lo hemos hecho ya varias veces en estos años– le costó la presidencia al jefe de Estado de Alemania, Horst Khöler. Pero las evidencias al respecto son cada vez más percibidas por quien desee ejercer el periodismo con un mínimo de independencia. Es el caso del periodista italiano Franco Fracassi, quien dio una nueva versión acerca de la difusión de drogas derivadas del opio que se ha expandido en el mundo entero particularmente a partir de la invasión de Afganistán1.

Guerra y drogas
Es llamativo, en efecto, que 96 mil soldados de 14 países, más 36 mil mercenarios presentes en el territorio no han podido impedir que el país pasara de producir 180 kg de opio a las actuales 9 mil toneladas, como señala incluso las Naciones Unidas para 2017. Pero además, el incremento es asombrosamente exponencial: más del 87 % respecto a 2016. Y lo más llamativo de todo esto es que las superficies destinadas al cultivo de la amapola de la que se extrae el opio, se sitúan en la región afgana de Helmand (o Hilmand) bajo el control de las tropas de Estados Unidos y del Reino Unido. Algo asombroso si se piensa que vivimos en la era de los drones, de satélites que escudriñan cualquier territorio minuciosamente.
No es la primera vez que una guerra es financiada con la droga. Ocurrió en el pasado, con la lucha de los afganos contra la Unión Soviética que la inteligencia norteamericana financió de ese modo. Sin embargo, los entretelones que revela Fracassi son todavía más inquietantes. Del opio se recaban el hachís y la heroína, y esta última está teniendo un auge en Estados Unidos altamente preocupante: de los 189 mil consumidores que había hace 18 años, actualmente se ha llegado a los 4 millones y medio. Para llegar a 1 kg de heroína se necesitan 9 kg de opio. Por tanto, tenemos 1.000 toneladas de droga, de las cuales 500 salen por los canales de la criminalidad para llegar a los consumidores occidentales. En Afganistán, la ocupación militar no impidió que permanecieran 150 carteles de la droga y unas 2 mil organizaciones criminales. Pero ¿qué pasa con la otra mitad de lo producido? Fracassi señala que ésta sirve para abastecer a los laboratorios farmacéuticos que utilizan los opiáceos para producir medicamentos, que entre otras cosas son entre los más vendidos en el mundo. El periodista señala que se trata de un negocio gigantesco, que alcanza los 250.000 millones de dólares anuales. Al punto tal que altos oficiales de la OTAN serían intermediarios sobre el territorio contactando las diferentes aldeas para pactar la producción de opio. Uno de los tantos problemas de esta oscura trama con perfiles criminares, es que 1.000 millones de dólares de este negocio terminan en manos de grupos extremistas como el Isis, que en Afganistán avanza.

¿Retiro?
El anuncio del retiro de la mitad de las tropas norteamericanas en Afganistán, realizado por el presidente Donald Trump, no hace prever un futuro pacífico. Si en 2001 los talibanes y Al Qaeda estaban enemistados, hoy son mucho más cercanos, por lo que haber desencadenado una guerra, que ha costado 1 millón de millones de dólares, para abatir el régimen con el que se termina por negociar una salida, solo puede llamarse derrota. Con el agravante de no admitir el nefasto efecto sobre la gente. Fiel a su estilo mentiroso, Trump ha pretendido sostener que la heroína llega a su país desde México –y no desde Asia–, para así justificar el polémico muro en la frontera con el país latinoamericano. No hay servicio de inteligencia que se anime a confirmar una patraña tan grande.
La secuela de conflictos sobre los cuales se pretende construir un relato diferente, como el de la defensa de la democracia, desde Afganistán, Irak, pasando por Libia, Siria, Yemen revela una de las más inquietantes consecuencias que se constata desde el comienzo de este siglo y–parafraseando una conocida expresión de von Clausewitz– postula que la guerra es hoy la continuación de la globalización… con otros medios. Es una lógica que hay que denunciar y desarmar.

1 https://www.facebook.com/stefano.becciolini/videos/2280565525308453/UzpfSTEwMDAwMDM5MzExNzA5MDoyMTE4MzE0NjUxNTI0OTUx/