Sindicatos y el paradigma educativo

Ampliar la inclusión educativa

La complejidad de la crisis de nuestros sistemas educativos invita a un análisis sobre el verdadero rol de las organizaciones que nuclean a los educadores

Por: José María Leonfanti (desde Argentina)
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¿De qué se habla al mencionar el “paradigma educativo”? Es conveniente aclararlo para no creer que cualquier reforma o cambio modifica “el paradigma” o más aún, “crea un nuevo paradigma”. Para Thomas Kuhn, físico norteamericano (1922-1996), un paradigma es un modelo o patrón aceptado, un arquetipo de investigación que tiene vigencia por un determinado tiempo; esta vigencia está dada, en primer lugar, por su poder o capacidad para resolver o solucionar problemas dentro del campo de la investigación científica; y, en segundo lugar, está dada gracias a la lucidez de pensamiento con la cual se logra visualizar de manera nueva y creativa los diferentes interrogantes que se presentaban oscuros y confusos para el anterior paradigma de pensamiento.
Aplicando este concepto a un “paradigma educativo” se está hablando de la forma en que se encaran y resuelven la multiplicidad de temas y problemáticas vinculados con el sistema educativo.
Hoy es inevitable aceptar que el “paradigma” vigente no logra dar respuesta, sobre todo en Occidente, a las nuevas inquietudes y desafíos que se interrogan sobre qué, cómo, para qué, a quiénes, cuándo educar. En esta discusión deben intervenir varios e importantes actores de la sociedad, por estar todos y cada uno directamente involucrados en esta problemática.
De todas maneras, es cierto que el protagonismo de los docentes o “trabajadores de la educación” es más que relevante. Hay una idea instalada en el común de que la razón de ser de los sindicatos se funda exclusivamente en la defensa de la fuente de trabajo y sus condiciones laborales, salariales, capacitación y promoción más el cuidado de sus titulaciones y competencias, con sus escalafones y escalas jerárquicas, concursos de acceso y ascenso, etcétera. Si esto fuera realmente así, se estaría en un problema. Algunos ya lo afirman: los sindicatos docentes se han convertido en un verdadero obstáculo para avanzar en la construcción de un nuevo paradigma educativo.
¿Cómo se paran los actuales sindicatos docentes ante este panorama, qué respuestas pueden dar?
Al respecto, queda claro que las normas que regulan la tarea docente responden a una determinada manera de concebir y actuar el proceso educativo. A partir de reconocer que ese proceso es dinámico y no puede estar ajeno a las vicisitudes y acelerados cambios de época, pretender dogmatizar los estatutos y convenios laborales que organizan esa tarea es negarse a aceptar la historia, la realidad.
Paradójicamente, quienes perciben crudamente esos cambios y transformaciones, muchas veces sin respuestas claras, son precisamente los docentes. Porque la experiencia de lo que se vive muchas horas al día es más que suficiente para constatar que cada vez hay más preguntas ante las que las respuestas aprendidas resultan insuficientes, erróneas o, directamente, no existen. Y en muchos casos se vive con una carga de angustia e impotencia, cuando la sociedad pretende resolver sus propias contradicciones, atribuyendo a falencias educativas de la escuela, la falta de respuestas a problemas que ella misma no puede o no sabe cómo resolver.
Que frente a estas realidades puedan existir estructuras o políticas educativas, personas, que por comodidad, temor, ignorancia o simplemente como mecanismos de defensa frente al cambio se resistan a reconocer las interpelaciones que estas realidades generan, es posible. Forma parte del bagaje humano y no sólo en el ámbito educativo.
Sin embargo, es justo también reconocer la existencia de ejemplos donde con la excusa de encontrar nuevos “paradigmas” se escondan mediocres reformas más interesadas en lograr titulares periodísticos, intentos de cambiar las formas de aspectos instrumentales, pero sin ir al fondo de la cuestión. O peor aún, intentando quitar responsabilidad al Estado de su obligación de garantizar el ejercicio concreto del derecho a la educación. O los que tienen como concepción de presunta modernidad transformar la educación en un bien de transacción comercial, cuyo precio y calidad lo determinará el mercado, mediante procesos de privatización, y a la que el ciudadano accederá en la medida de que sus recursos económicos se lo permitan.
Un verdadero cambio de paradigma educativo, que supera en mucho los tiempos electorales y los períodos de gobierno habituales, requiere una inversión consistente, con una intervención del Estado como principal garante de que la construcción de este nuevo paradigma sea el resultado de consensos sustentables en el tiempo con quienes son los actores fundamentales (no exclusivos), con capacidad de evaluar los procesos e incorporar los cambios necesarios para su permanente puesta a punto, lo que incluye necesariamente una fuerte y paciente intervención en los criterios para la formación y/o actualización de docentes y cuerpos directivos capaces de llevar a la práctica una verdadera transformación. Esto es así toda vez que la aceleración de la dinámica social, cultural, económica y política hace difícil imaginar paradigmas estables que sustituyan en forma permanente a los que hoy se pretende reemplazar.
Obviamente, los sindicatos no pueden dejar de lado el cuidado por la estabilidad laboral, la adecuada formación docente, de carácter permanente y como parte de la tarea remunerada. De igual forma, la lucha por una retribución digna, acorde con la tarea realizada, y las condiciones en que se lleva a cabo, incluyendo tiempos reales de trabajo, sin afectar la posibilidad de poder tener una capacitación imprescindible.
Por supuesto que habrá que poner en cuestión aspectos de los actuales Estatutos que pueden entorpecer o complejizar en exceso las nuevas iniciativas, las nuevas concepciones del aprendizaje, de la promoción escolar, de los sistemas evaluativos, de los contenidos y currículos, de las articulaciones verticales y horizontales de las carreras o cursos. Pero esa tarea sólo será posible si el horizonte real, no discursivo, es el de ampliar la inclusión educativa y con calidad de todos los ciudadanos. Para lograr esto es imprescindible la decisión política de garantizar desde el Estado como “concurrente necesario” la infraestructura adecuada. Tiempos reales, voluntad política, acuerdos, formación adecuada, proyectos y programas complementarios para atender históricas desigualdades, por nombrar algunas necesidades que deberán ser atendidas.
No toda inversión o aumento del presupuesto educativo asegura más inclusión o mejor calidad educativa. La mayor inversión es fundamental, necesaria, pero de ninguna manera suficiente.
La eficiencia, además de la eficacia, en el uso de de los fondos para la educación es una preocupación que no se debe ignorar. Pero una cosa es controlar que esos fondos lleguen a donde están destinados y otra muy distinta es ahogar las iniciativas valiosas, retacear fondos a experiencias exitosas.
En ese contexto y con esas premisas claramente establecidas como políticas de Estado, todo es discutible. Hay instrumentos institucionales para eso y seguramente habrá que crear otros. Existe una valiosa experiencia acumulada en el trabajo docente. Eso no puede significar convertir a los sindicatos docentes en dueños de la verdad. Pero es imprescindible capitalizar esa experiencia y la reflexión que sobre ella se debe realizar en el diseño de cualquier transformación que pretenda ser exitosa.
Existen publicaciones, auspiciadas por las propias organizaciones sindicales, para difundir propuestas o experiencias innovadoras, sin otro respaldo que el esfuerzo y la voluntad de quienes ante las dificultades inventan, crean. Claro que estos esfuerzos, en tanto son focos aislados, no alcanzan para modificar lo vigente o crear ese nuevo paradigma del que se habla.
En ocasiones, la coyuntura económica y social puede transformar los espacios institucionales de participación en discusiones salariales o de condiciones laborales que terminan frustrando la posibilidad de avanzar en la discusión de temas de fondo.
El sentido o razón de ser de los sindicatos docentes se tornaría cuestionable si su existencia sólo se justificara como corporaciones destinadas a sostener la vigencia del statu quo del sistema educativo.
Es función de los sindicatos docentes aportar a la discusión de todos los temas que incumben al quehacer educativo y su transformación.
Es imposible imaginar que un nuevo paradigma educativo pueda realizarse sin la activa y protagónica participación de los educadores organizados. De quienes día a día, en el terreno de las diferentes realidades sociales, culturales y económicas, enfrentan el desafío de ganarse la confianza de sus educandos, de encontrar el método más adecuado para construir una experiencia de aprendizaje, de la práctica de valores, de contenidos significativos para la vida de cada uno de ellos, de incorporación de hábitos saludables para el respeto del medio ambiente, para una socialización capaz de enfrentar las desigualdades que hoy atraviesan nuestras sociedades a través de métodos pacíficos, respetuosos de las instituciones democráticas, pero a su vez con capacidad crítica de transformar y cambiar todo aquello que debe ser cambiado; en una palabra, de promover personas, ciudadanos capaces de apropiarse y construir los conocimientos necesarios para transformar la realidad.
Porque todo eso es Educación, cualquiera sea el paradigma educativo del que se hable.
Para concluir: se debe admitir que todo paradigma educativo estará necesariamente relacionado con el modelo de país que la sociedad haya elegido. Educación como política de Estado significa que los cambios de gobierno no conlleven la pretensión fundacional de un nuevo paradigma educativo.
Esto da por tierra con cualquier proyecto sustentable en el tiempo de una definición seria vinculada a este tema.