Sexualidad y relacionamiento

La píldora del amor (masculina)

En los últimos años se verifica una creciente dificultad en el mundo masculino en sentirse adecuado para la propia compañera, para satisfacerla. En otras palabras, hoy en la pareja cada vez más a menudo es el hombre, incluso si es joven, el que se siente inseguro, con temor de no estar a la altura de

Por: Chiara D’Urbano (desde Italia)
Customs seize doping substances and medicines

En los últimos años se verifica una creciente dificultad en el mundo masculino en sentirse adecuado para la propia compañera, para satisfacerla.
En otras palabras, hoy en la pareja cada vez más a menudo es el hombre, incluso si es joven, el que se siente inseguro, con temor de no estar a la altura de la relación, y esos temores acaban por incidir en la esfera sexual.
¿Pero a qué se debe esta inseguridad? Y ¿cómo explicar los datos -confirmados por los farmacéuticos- que revelan un boom de ventas de las llamadas píldoras del amor en versión masculina, por parte de hombres -6 de cada 10- que no han recibido un diagnóstico médico pero temen no ofrecer un rendimiento sexual satisfactorio? Más de 100 millones de píldoras se vendieron en Europa en 2016 sin receta, a través de vías no oficiales (Internet y sexy shops), según la agencia de noticias Ansa. Y ¿qué decir de los índices que prevén para el 2025 un notable aumento de la impotencia masculina?
Hasta ahora son ya cerca de 30 millones de europeos que la padecen, según el estudio internacional Erectile dysfunction european users survey coordinado por el prof. Emmanuele A. Janini de la Universidad de Roma Tor Vergata, y presentado al Congreso de la Asociación Europea de Urología.
Sin dudas este fenómeno tiene que ver con los cambios antropológicos y sociales de nuestro tiempo. En dos aspectos.
Primero: Blancanieves ya es un estereotipo superado de muchacha dulce e indefensa, que, por otra parte, nunca representó de un modo auténtico la relación masculino-femenina. Sin embargo, en la tensión opuesta de querer volver intercambiable cualquier rol, alguien perdió identidad. No es la figura femenina -que, más bien, ha entrado en espacios que en el pasado le estaban vedados, adquiriendo mayor independencia y autonomía- sino la masculina, que perdió virilidad, entendida como paternidad, es decir, autoridad, capacidad de poner límites y hacerlos respetar, saber decir una palabra con sentido común. Lo dice explícitamente el Papa Francisco: “El problema de nuestros días no parece ser ya tanto la presencia entrometida del padre, sino más bien su ausencia, el hecho de no estar presente” (Amoris Laetitia, N°176), y usa la palabra “descolorida” referida a la figura del padre o, más genéricamente, del varón.
Segundo: internet propone una sexualidad al alcance de la mano y “explosiva” -desvinculada de la relación, dondequiera, con quien quiera, a cualquier edad- que se vuelve el modelo de referencia. Es fácil imaginar cuán inadecuado puede sentirse alguien en la vida real.
Con cada vez mayor frecuencia, en los estudios clínicos se encuentran hombres que sufren de insomnio, en competición con su pareja en la carrera laboral (stress, despido…) y dedicados al cuidado físico (los centros estéticos están siempre más llenos de hombres) o con ataques de pánico por una gestión errada de las emociones. La psiquis recoge estas tensiones y la sexualidad las expresa bajo la forma de rendimientos (término realmente infeliz) no siempre satisfactorios.
Creo que el hombre atraviesa un tiempo de confusión en el cual, en la debida superación de excesos históricos de fuerza y prevaricación respecto a lo femenino y al funcionamiento doméstico, tiene necesidad hoy de reapropiarse de las “características valiosas de su masculinidad” (AL, N°177).
También los femicidios, tan numerosos, son expresión de una masculinidad desequilibrada y confusa, que abdica al propio rol (y entonces se vuelve débil e incapaz de ser adulto) o se hace violento, dueño de una supuesta propiedad. Rehumanizarse quiere decir, en cambio, redescubrir la alianza hombre-mujer, cuidarse uno al otro. Aquí ni lo masculino ni lo femenino renuncian a su propia específica e innegable belleza, sino que tratan de comprenderse y valorarse uno al otro en un profundo respeto recíproco, donde ninguno se sienta puesto a prueba ni tenga la necesidad de defenderse o ser distinto de lo que es.
Para que esto sea posible es fundamental que el hombre rompa el silencio que le impide abrirse y conversarlo en el caso en que viva con incomodidad la intimidad de la pareja, para valorar cuándo es verdaderamente necesaria la intervención médica.
Atención a los peligrosos “hazlo tú mismo”.
A menudo, sin embargo, es justamente la dinámica doméstica la causa prevalente del malestar masculino, y hablar de ello en pareja puede no ser suficiente, especialmente cuando la mujer no está dispuesta a una escucha atenta y empática, como sería propio de sus características naturales (y lamentablemente hoy esto se da en forma cada vez más frecuente).
Por esto, abrirse juntos a un acompañamiento espiritual y/o psicológico puede verdaderamente restituir a la relación un bienestar que está más al alcance de la mano de lo que se piensa.


Las “pretensiones” de ellas y la “fuga” de ellos

La dinámica para la emancipación femenina ha producido toda una serie de auspiciosas conquistas de parte del llamado “sexo débil”, pero también ha generado algunos mecanismos que parecen haber provocado en el hombre una “nueva impotencia” (Ginsberg). En tal sentido, Víctor Frankl escribía: “Hay una especie de peces cuyas hembras nadan habitualmente con ‘coquetería’, ondulando delante de los machos que buscan el apareamiento. Sin embargo, Konrad Lorenz llegó a adiestrar a una hembra para comportarse de una manera del todo opuesta, es decir, a acercarse al macho de modo violento. ¿La reacción de este último? Justo la que hubiéramos esperado de un estudiante universitario: una total incapacidad de realizar el acto sexual”.
Podemos decir que el mayor grado de conciencia acerca de los propios derechos de parte de las mujeres ha llevado a estas últimas a plantear una serie de demandas en relación a los hombres, ligadas no sólo al ámbito del rendimiento sexual, sino también en los ámbitos más dispares.
Es evidente que no estamos más en el pasado en el cual a la mujer no le era permitido elegir a su propio compañero, porque existían convenciones sociales y familiares para las cuales el matrimonio era definido por las respectivas familias, con el padre que “acompañaba al altar” a su propia hija “confiándola a la protección” del marido, según un ceremonial que expresaba un rol femenino caracterizado por la sumisión y escasa consideración.
Hoy la mujer sabe lo que quiere y, casi, lo pretende. Ello acaba por generar en diversos hombres una especie de “ansia de rendimiento” que, no sólo representa el factor desencadenante de disturbios sexuales ligados a problemas de erección y eyaculación precoz, sino que también se difunde en el más amplio ámbito social y relacional, provocando actitudes de fuga frente al sexo opuesto.

Domenico Bellantoni
(psicólogo y psicoterapeuta,
Universidad Salesiana de Roma)