Después del boom económico

La espera de tiempos mejores

Se cree que un futuro más brillante depende de las condiciones económicas. En realidad es la política el instrumento necesario para volver más humanos aun los peores períodos

Por: Alberto Barlocci
Panama

No hay dudas que para América Latina se ha concluido el ciclo que había generado no pocas esperanzas y perspectivas de desarrollo, sobre todo en los sectores sociales más vulnerables, permitiendo a cerca de de 70 millones de personas salir de la pobreza endémica. Un fenómeno que desde hace decenios no se verificaba de modo tan extendido y simultáneo durante las décadas entre el 2003-2004 y el 2013-2014.
También en el pasado hubo verdaderos booms, es verdad, pero circunscritos a determinados países (Argentina y Uruguay, Brasil, parcialmente Venezuela).
Fueron también años en los que la región dejó de ser un mero apéndice del mundo occidental, encargada de producir las materias primas necesarias para el Primer Mundo, para transformarse en una realidad con su propia autonomía política. Fueron los años en los que Brasil hizo su aparición en el escenario internacional con vocación de protagonismo, insertándose con pleno derecho entre los países emergentes. La llegada al mercado local de China e India, después, ha dado alas al comercio, según un esquema de ventajas mutuas. Otra novedad con respecto a las difíciles relaciones con los países ricos. La reducción de la pobreza y por lo tanto una superior calidad de vida, ha tenido como base sustancial una transferencia de recursos: un claro ejemplo es el incremento en los presupuestos para educación, a través de una mejor distribución de los ingresos. Un factor esencial en una región donde prácticamente en todos los países el 10 % (y aún menos) de la población, perteneciente a los sectores más ricos posee entre el 40 y el 60 % de la riqueza total. Tal concentración de recursos es consentida por el sistema tributario que no se basa en el principio de contribución en proporción al nivel de los ingresos de cada uno.
La mayor parte de las entradas públicas es generada por el IVA, también sobre los artículos de primera necesidad. Además, la evasión fiscal es elevada y alcanza los 360 mil millones de dólares al año, y la mitad acaba en los paraísos fiscales. Y esto desmiente un mito: los recursos no faltan, en todo caso el sentido cívico de los más acaudalados está en desacuerdo con pagar las tasas. Para los sectores productivos éstas son siempre elevadas, pero en realidad es elevada la tasa de rédito anual del capital invertido. La idea es conservarlo en torno al 20 % -cifra impresionante y muy a menudo presagio de injusticias- pero en ciertos sectores supera además el 25 % y también más.
El fin del ciclo se debe en particular a un par de factores: el freno al crecimiento económico registrado en torno al 2012 cuando China comenzó a comprar menos; y los errores cometidos por los gobiernos que no lograron volver sostenible el sistema de distribución del ingreso, por ejemplo volviendo más eficiente el sistema tributario y dando vida a pactos sociales de largo aliento: ganar menos (industriales), pero durante períodos más largos de mayor estabilidad, mejorar el gasto público (todos).
Cuando el erario agotó su capacidad de hacer frente a las políticas sociales (poco o nada productivas), los sectores más acaudalados se rehusaron a poner la mano en la billetera, alimentando (gracias a su control de los medios) las crisis también políticas que impusieron el retorno a estrategias de sello neoliberal, que tienden de nuevo a la concentración de la riqueza a expensas de la distribución de los ingresos.
Obviamente el cuadro es mucho más complejo. Los escándalos que en Argentina, Brasil, Perú y Ecuador han barrido con líderes y “cúpulas” políticas corruptas, dicen también que gobierno y malversación son males endémicos. Lo que significa instituciones poco creíbles, frente a las cuales la desconfianza general es grande. Un estudio del Banco Interamericano para el Desarrollo indica que se gastan mal y sin mayor provecho más de 200 mil millones de dólares al año.
En vez de mejores servicios, se prefiere el subsidio directo, por desconfianza de cómo podrían ser gastados los fondos públicos.
Además, cosa muy grave, los intercambios comerciales entre países de la región tienen dificultad para despegar: si el comercio interno entre los países de la Unión Europea supera el 70 % de la economía global de aquellos países, de este lado del Atlántico cuesta superar apenas el 25 %.
No sólo esto, también carecemos de infraestructuras: caminos, carreteras, vías férreas, pasos de montaña, puentes, puertos, corredores que unan las orillas oceánicas… Mientras la UE tiene organismos que llevan a cabo con autonomía los proyectos de desarrollo de las infraestructuras, los diversos bloques de integración latinoamericanos -cuando funcionan- dependen de las cumbres de jefes de Estado y de gobierno, en ausencia de los cuales no se toman decisiones, porque faltan aquellos ámbitos más ejecutivos y los fondos comunes de desarrollo que serían necesarios. La lógica actual del “cada uno para sí” no parece la más prudente para salir de este lugar.
No casualmente, la pobreza va de nuevo en aumento. Cuando esto sucede, casi siempre es por la pobreza de la política. El “continente de la socialidad” hoy carece de un proyecto común sostenible, del cual en el período mencionado -aún con errores e ideologismos- algo apareció en el horizonte. Será difícil que esto ocurra si continuamos esperando tiempos mejores sólo de la economía y no también de la política, que es el instrumento capaz de transformar en algo positivo aún los tiempos peores.