Docentes y otros educadores

Educar en nuestros tiempos

Una educación multiactorial, que promueva relaciones personales, guíe al sentido crítico más que enseñar recetas, indique límites, sugiera valores, enseñe la paciencia y estimule a la superación es necesaria para el mundo de hoy

Por: Ana Giucich Greenwood
Digital technology in schools

Los educadores palpamos todo el año lectivo, en carne propia, la desgarradora situación de la educación y del sistema educativo.
Enumerar la totalidad de las dificultades resultaría demasiado tedioso. En esta realidad, todos somos víctimas y victimarios. “Promover y no aprender” sería una frase que resume la necesidad indicada por la situación, sumándole a ésta la precariedad en la que muchos docentes se han formado y en la que están inmersos nuestros alumnos al llegar a la escuela.
Existe una realidad que da la impresión que soluciona esta situación: el acceso a la tecnología.
La tecnología nos acerca realidades, informaciones y conocimientos en forma rápida. Antes influían padres y docentes. Hoy, la lectura veloz de un titular, frase o incluso un meme, pareciera que otorgara educación de grado a cualquier persona. Sin embargo la realidad es otra: no se entiende ni se decodifica la información que se recibe en enorme profusión.
El acceso rápido a la información nos ahorra mucho tiempo: ya no pasamos horas en una biblioteca y menos aún sumergidos en un libro. Es una gran ventaja también que los resultados de investigaciones que generan nuevos conocimientos estén al alcance de la comunidad científica. El problema surge en discriminar, evaluar y comprender todo ese cúmulo de información que circula en la red.
La red también facilita los contactos sociales, por llamarlo de alguna forma. Estas relaciones impersonales a las que adolescentes, jóvenes y adultos están expuestos crean relaciones virtuales que, en apariencia, son lazos más fuertes que las relaciones que se crean cara a cara. Por un lado, el ser humano se acerca al mundo pero, por el otro, se aleja de la realidad. La velocidad de la comunicación genera un desinterés hacia el resto de la realidad que circunda al estudiante.
Ante esta situación, impaciencia, irritabilidad, falta de interés, atención disminuida y confusión forman parte del nuevo cuadro con el que debe lidiar un docente, más allá de la presión que recibe para que se den resultados positivos a la hora de calificar y pasar de grado.
Esta realidad desemboca en el concepto expresado con mucho acierto por Zygmunt Bauman: “la educación es víctima de la modernidad liquida”. El mundo de nuestros abuelos, de orden, disciplina, respeto, trabajo, de instituciones sólidas, ha dado paso a relaciones “a la carta”, al agobio, a la ansiedad, ya que se han desvanecido las bases que sostenían al ser humano dentro de su desarrollo en la sociedad.
Educar es el mayor desafío de nuestro tiempo. Un desafío que no se reduce a la escuela.
Educar empieza en la familia. Implica volver a ser familia, redescubrir las tradiciones que nos unían, como los almuerzos compartidos con los abuelos, retomar las historias propia de cada familia y aprender de ellas. Volver a ser padres y madres. Nuestros hijos no son nuestros amigos, por lo tanto existe un ejercicio de autoridad que debe ser puesto en marcha de nuevo para educar con limites, además de que con valores. Moldear a una persona en el ejercicio de la libertad y la voluntad es la tarea primera a la que debemos abocarnos.
Transformar el modelo educativo vigente se hace cuesta arriba cuando no se quiere ver el fracaso de la reforma realizada; y debemos aceptar que el maestro ya no es el único dueño de los conocimientos o el único guía en el aprendizaje.
Lejos de desalentar la labor docente, debemos valorar a las personas que fieles a su vocación, se dedican a ayudar a construir personas competentes, conscientes y comprometidas con la realidad.
Hoy, educar es formar personas competentes, capaces de resolver las situaciones diversas y variadas que se presentan en el día a día y a lo largo de la vida. Ese saber hacer que lleva a la persona a ser eficiente en la labor cotidiana.
Una educación consciente que lleve a ver a la persona y a la realidad social sin antifaces, descubriéndola desde su interioridad hasta llegar al otro en una dimensión de solidaridad, tolerancia y respeto para construir una sociedad basada en relaciones más asertivas.
El compromiso social debe dejar de ser entendido como solo meter la mano en el bolsillo cuando la necesidad del otro mueve nuestras fibras más sensibles. Educar en el compromiso social supone renovar la sociedad con personas que aporten desde donde les toca estar, supone también a la construcción de instituciones que promuevan una vida digna, con más oportunidades para que las personas puedan desarrollarse con sus cualidades y habilidades, caminando hacia una sociedad más justa y fraterna
No se puede dejar de lado la tecnología. Es una herramienta para enseñar, crear y promover el conocimiento, pero se necesita trabajar la paciencia para combatir la inmediatez, educar la voluntad para mejorar la atención y renovar las relaciones que propicien estabilidad para contrarrestar el continuo movimiento y cambio del mundo.
Es necesario restar los intereses políticos y corporativos para rescatar la educación que dignifique al ser humano.
Ya no más personas con ambiciones personales que se sometan a los intereses económicos de las corporaciones en detrimento de una “educación de revoque”.
Educar es apostar a edificar personas felices, con desarrollo pleno de sus aptitudes. No más robots que busquen solo éxito desconectado a la vida familiar y social.
Por último, dignificar el trabajo docente. No aplazamos, no perseguimos, es necesario respetar la labor docente. El docente es parte del cimiento de la persona. Los límites deben existir, las exigencias también.
Tendremos mejores docentes en la medida en que puedan acceder a una mejor remuneración y a entender que no necesitan ser capacitados, sino que necesitan acceder a mejores condiciones de formación profesional. A ser mirados como personas que, con vocación, acompañan a los niños y jóvenes a ser por si mismos, a ser personas.