Los peligros del modelo sojero

Una vuelta de calesita

El director, político y activista argentino Fernando “Pino” Solanas propone una expedición a través de las zonas más afectadas por el avance desmesurado de la agroindustria y por la fumigación indiscriminada de su país en el documental Viaje a los pueblos fumigados, estrenado el año pasado

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Un anciano de mediana estatura y cuerpo robusto se acerca en medio de un campo. A su paso, yuyos, ramas, raíces y árboles yacen esparcidos, como arrancados violentamente del suelo. El cacique don Juan parece ser de pocas palabras, pero su rostro está quebrado. Una hilera de árboles talados parece hacerlo hablar, muy pausadamente. “Esos arbolitos se llamaban mistol. Es el alimento más grande que hay”. Don Juan se agacha y sostiene algo en sus manos. Sus ojos se ven grises y húmedos, inmersos en su piel morena. “Esto es lo que comemos, esta fruta, esto es lo que nos da vida”. El cacique hace una pausa. Su mirada se pierde en el campo vacío. 40.000 hectáreas de tierras que pertenecen hace 200 años al pueblo wichi fueron deforestadas para la producción de soja. Las 43 casas de la comunidad wichi de San José, en el Gran Chaco salteño, viven acorraladas ante el avance inminente de la agricultura mecanizada. “Con fruto y todo”, retoma Don Juan, tembloroso “para que el aborigen no coma nada. ¿Quieren que se mueran todos? Me da lástima. Sí, me pone triste”. El cacique baja la cabeza, apenas alcanzando a terminar la frase.
Viaje a los pueblos fumigados, de Pino Solanas, retrata y esquematiza una problemática no reciente, que aqueja indígenas, campesinos, pequeños y grandes productores agrícolas, al resto de la población rural y a consumidores en general, y los hace girar en una calesita sin fin en torno a una única fuente: la agroindustria.
A mediados de 1980, el boom de los plaguicidas revoluciona por completo el trabajo convencional agrícola. Junto con la maquinaria pesada, monocultivos y alimentos genéticamente modificados, fueron la solución a la demanda de mercado de los alimentos de consumo masivo. Se establece un nuevo diseño de producción, en el que se intercambia la calidad por la cantidad, a un bajo precio y en menor tiempo.
Jorge Rulli y Adolfo Boy caminan con dificultad en medio de una plantación. Las hojas llegan hasta sus hombros. “Estamos en el desierto verde de la soja” inicia Jorge, quien fue director de Instituto de Tecnologías Agropecuaria de la Argentina (INTA). “Por estos malditos porotos la Argentina ha despoblado el territorio, ha destruido sus ecosistemas, ha menguado la biodiversidad”, continúa Rulli. Su figura recorta el horizonte uniformado de verde. A su alrededor no hay casas, no se escuchan pájaros y tampoco vuelan mariposas ni otros insectos. El monocultivo había sido presentado como una gran fuente de trabajo, sin embargo, sus grandes extensiones precisan muy pocos trabajadores por unidad de superficie constituyéndose como el principal factor de migración rural a los pueblos. La falta de diversificación de cultivos cambia completamente el ecosistema, provocando la migración de animales e insectos y la infertilidad del suelo, que luego precisa de fertilizantes para volver a ser productivo.
Las plagas empiezan a desarrollar resistencia a los venenos, por lo que es necesario duplicar la dosis o crear un plaguicida más fuerte, lo cual, por ende, obliga al productor a comprar siempre más.
Aquellos productores que no migran a la ciudad por falta trabajo, son afectados por la “crisis chacarera”, como Solanas la llama. Por la economía de escala, los costos del producto bajan y los insumos suben el triple en dólares, como explica el chacarero Accatoli, quien ya no pudo seguir sosteniendo sus 50 hectáreas. La “sojización” provoca el endeudamiento de los chacareros, quienes rematan sus campos y máquinas, y causa la desaparición de 100.000 pequeños y medianos productores.
Una avioneta cruza por encima del patio de la pequeña Escuela N°11 “José Manuel Estrada” de la comunidad bonaerense de San Antonio de Areco. Al lado de las hamacas, el alambrado es el límite con la plantación sojera vecina. “La fiebre de la fumigación no respeta espacios públicos ni escuelas”. Es común que la directora Ana Boloy tenga una parestesia facial por quince días o que los alumnos sufran de sangrado nasal por la inhalación del veneno, o que los chorros de agrotóxicos caigan al pasar sobre la cabeza de la directora Estela Lemes, de la Escuela N.º 66 en Gualeguaychú (Entre Ríos). La fumigación no respeta escuelas, ni barrios, ni pueblos.
“Esto no es imaginación ni paranoia” asevera el Dr. Andrés Carrasco. Tras un largo tiempo bajo la vista gorda de las empresas, las intoxicaciones y las muertes por el uso indiscriminado de los plaguicidas llevaron a Carrasco y a su equipo a demostrar la incidencia del glifosato en las malformaciones del embrión, con resultados que indican desapariciones de uno o ambos ojos, achicamiento de la cabeza y otras malformaciones craneales. Sin embargo, el problema no acaba en la aplicación. “El plaguicida no muere”, asegura el Dr. Damián Marino. “Las moléculas se volatilizan y se mueven a través del aire, llegando a kilómetros desde el punto donde se utilizan.” Más del 98 % de los insecticidas fumigados y del 95 % de los herbicidas llegan a un destino diferente del buscado, incluyendo especies vegetales y animales, aire, agua, sedimentos de ríos, mares y alimentos. Para la contaminación directa de alimentos “no hay solución ni con agua, ni con cocción.”
Algunos productores han encontrado la solución volviendo a los orígenes de las prácticas agrícolas, utilizando el sistema de cultivos mixtos y técnicas de protección contra plagas naturales, mientras la gran mayoría aún continúa en el modelo que a ellos se les había presentado como “la revolución”.
Viaje a los pueblos fumigados desenmascara a la agroindustria y su sistema de trabajo. Tanto el uso de plaguicidas como los monocultivos, principales pilares de la agricultura moderna, ya sea por la resistencia de las plagas o la infertilización del suelo, empujan siempre a los productores a necesitar más insumos, que no paran de aumentar sus costos. Tanto el uso de plaguicidas como los monocultivos acaban su ciclo con la desaparición de pequeños y grandes productores y provoca la migración rural, sea por endeudamiento o falta de trabajo por el acaparamiento de las maquinarias pesadas para las labores del campo. La mano de obra que queda en los ranchos es contratada a bajo costo y en negro, sin asumir mínimos cuidados para el labriego, quien acaba muerto o enfermo, pero tampoco puede denunciar, como J. Estévez cuenta, por el miedo a perder el trabajo. Y los políticos, que conocen bien el tema, no se animan al cambio. “¿Cómo pagamos los maestros y los policía, en mi provincia?”, es la respuesta que más de un senador dio a Pino Solanas en la mismísima Comisión De Ambiente y Desarrollo Sustentable que supo presidir. La calesita de la agroindustria, cubierta y solventada por los gobiernos, hace girar todo en torno a ella. La calesita apura, apura, y apura y luego patea. Patea a niños, maestras, trabajadores, campesinos e indígenas. Todos quedan afuera del juego. La calesita apura, apura, y apura y luego patea. Patea a niños, maestras, trabajadores, campesinos e indígenas, y todos quedan afuera del juego.