Los niños y la gratuidad

Los niños son un “bien” de la humanidad. Un “bien común”, probablemente, el mayor. Las más bellas dimensiones de la infancia desaparecen cuando los pequeños se hacen mayores, pues la vida adulta no conserva las notas de esa maravillosa fase de la vida. Con ellos puede darse una relación de igual dignidad si reconocemos que

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005 editorial

Los niños son un “bien” de la humanidad. Un “bien común”, probablemente, el mayor.
Las más bellas dimensiones de la infancia desaparecen cuando los pequeños se hacen mayores, pues la vida adulta no conserva las notas de esa maravillosa fase de la vida. Con ellos puede darse una relación de igual dignidad si reconocemos que los pequeños tienen cualidades que los adultos no tienen y viceversa.
La Biblia, que está llena de niños, les concede un valor profético, porque allí ellos anuncian que la humanidad tiene futuro.
Nuestra sociedad cada vez más se va concienciando de la necesidad de proteger a los menores, ya que la civilización avanza cuando los salvaguardamos del egoísmo y las neurosis de los adultos.
Sin embargo aún no los cuidamos suficientemente de las insidias del mercado, expuestos como están al bombardeo publicitario, con mensajes dirigidos directamente a ellos. El mercado de la infancia y la adolescencia es uno de los negocios más florecientes.
Las madres y los padres, con una identidad de educadores cada vez más frágil, tratan de ganarse el reconocimiento de sus hijos. Por eso procuran satisfacer sus necesidades, pero también les conceden caprichos, cosa que el mercado sabe muy bien. De ahí que, en lugar de dirigirse a los padres, el mercado les hable a los niños, consumidores finales de sus productos.
Tiempo atrás los pequeños manejaban muy poco dinero; hoy en cambio es más habitual que lo tengan. Es más fácil regalarles una cantidad de dinero que comprarles un juguete. Y no hablemos de los incentivos monetarios cuando en casa llevan a cabo algún trabajillo doméstico.
Ahora bien, cuando unas monedas están en función de la finalidad de ordenar la habitación o acompañar al abuelo, es muy probable que los pequeños pierdan el sentido de hacer una buena acción o, simplemente, su deber. Cuando lleguen a adultos, les costará mucho ser buenos trabajadores “porque sí”, aunque tengan una compensación adecuada.
Enseñémosles entonces, gradual y coherentemente, el valor de la gratuidad y de la generosidad, y hagámosles experimentar que la mejor gratificación es la alegría de dar, que los hace crecer en responsabilidad y autonomía, los “empodera”, para utilizar una palabra de hoy.
Y como los niños aprenden a hablar imitando a los adultos, comencemos mostrándoles que son objeto del don gratuito de nuestro afecto, de nuestra atención y de nuestro tiempo.