Junio - Julio 2019

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”

(Hechos 1,8)

Por: Letizia Magri
Junio-Julio 2019 consejo-34

El libro Hechos de los apóstoles, escrito por el evangelista Lucas, comienza con la promesa que Jesús Resucitado les hace a los apóstoles poco antes de dejarlos para volver definitivamente al Padre: recibirán de Dios mismo la fuerza necesaria para continuar en la historia humana el anuncio y la construcción de su Reino.
No se trata de enfrentar un poder político o social contra otro, sino más bien de la acción profunda del Espíritu de Dios en nuestros corazones, lo que nos convierte en “hombres nuevos”.
Poco después, sobre sus discípulos reunidos con María descenderá el Espíritu Santo; y ellos, a partir de la ciudad santa de Jerusalén difundirán el mensaje de Jesús hasta los “confines de la tierra”.
Los apóstoles, y con ellos todos los discípulos de Jesús, son enviados como “testigos”.
En efecto, cuando el cristiano descubre a través de Jesús lo que significa ser hijo de Dios, descubre también que es enviado. Nuestra vocación y nuestra identidad de hijos se realiza en la misión, en el ir hacia los demás como hermanos. Todos estamos llamados a ser apóstoles que den testimonio con la vida y luego, de ser necesario, con las palabras.
Somos testigos cuando hacemos nuestro el estilo de vida de Jesús. Es decir, cuando cada día en nuestra familia, en el ambiente de trabajo y de estudio o de diversión, vamos al encuentro de las personas con espíritu de acogida y dispuestos a compartir, teniendo en el corazón ese gran proyecto del Padre: la fraternidad universal.
Marilena y Silvano cuentan: “Cuando nos casamos, queríamos ser una familia abierta a los demás. Una de las primeras experiencias fue poco antes de Navidad. Como no queríamos que los saludos fueran algo meramente formal, a la salida de la iglesia se nos ocurrió ir hasta la casa de nuestros vecinos para llevarles un pequeño regalo. Todos quedaron sorprendidos y contentos, especialmente una familia que muchos trataban de evitar. Nos abrieron el corazón y nos contaron sus dificultades y el dolor de que durante tanto tiempo nadie se acercara a su casa. Nuestra visita duró dos horas y nos conmovió ver la alegría de esas personas. De esta manera, poco a poco, tratando de estar abiertos a todos, pudimos ir estableciendo relaciones con muchas personas. No siempre fue fácil, porque podía suceder que una visita imprevista modificara nuestros programas, pero siempre tuvimos presente que no queríamos perder estas ocasiones fraternas. En una oportunidad nos trajeron de regalo una torta y quisimos compartirla con una señora que había colaborado reuniendo juguetes para mandar a unos chicos en Brasil. Estuvo muy contenta y fue una ocasión para conocer a su familia. Al despedirnos nos dijo que también a ella le hubiera gustado tener la iniciativa de ir a visitar a otros”.
Todos nosotros, en cuanto cristianos, hemos recibido el don del Espíritu Santo en el bautismo, pero él también habla en la conciencia de todas las personas que buscan con sinceridad el bien y la verdad. Por eso todos podemos dar lugar al Espíritu de Dios y dejarnos guiar.
¿Cómo reconocerlo y escucharlo?
Puede ayudar un pensamiento de Chiara Lubich: “El Espíritu Santo vive en nosotros como en su templo y nos ilumina y guía. Es el Espíritu de verdad que nos hace comprender las palabras de Jesús, las torna vivas y actuales, nos enamora de la Sabiduría y nos sugiere lo que tenemos que decir y cómo hacerlo. Es el Espíritu de Amor que nos inflama y nos hace capaces de amar a Dios con todo el corazón, el alma, las fuerzas, y amar a los que encontramos en nuestro camino. Es el Espíritu de fortaleza que nos da el coraje y la fuerza para ser coherentes con el Evangelio y dar testimonio siempre de la verdad. Con este amor de Dios en el corazón, y gracias a él, se puede llegar lejos y hacer partícipes a muchísimas personas del propio descubrimiento. Los ‘confines de la tierra’ no son sólo geográficos. Indican también, por ejemplo, a personas cercanas que aún no han tenido la alegría de conocer verdaderamente el Evangelio. Hasta allí debe llegar nuestro testimonio. Por amor a Jesús se nos pide compenetrarnos con cada uno, en el olvido completo de nosotros mismos, hasta que el otro, dulcemente herido por el amor de Dios, quiera compenetrarse con nosotros en un recíproco intercambio de ayudas, de ideales, de proyectos, de afectos. Sólo entonces podremos ofrecer la palabra como un don en la reciprocidad del amor”.1
1 Chiara Lubich, Palabra de vida, junio 2003