El Cerro Pan de Azúcar y el ecoturismo

El otro camino de la naturaleza

El cerro Pan de Azúcar es uno de los más destacados de Uruguay. Está ubicado muy cerca del balneario de Piriápolis. Un camino alternativo para su ascenso se abrió, lleno de sorpresas, a partir de un grupo de guardaparques que se animaron a explorarlo. Entre ellos, estaba Martín Coronel, con quien conversamos

Por: Fabricio Martínez
Martin Coronel

La formación Sierras de las Ánimas es la dueña del cerro Pan de Azúcar, con una posición muy favorable sobre el paisaje en la zona Este del Uruguay. En la parte más alta del cerro, se ve la famosa cruz de 35 metros de alto, construida entre los años 1933 y 1938. Hasta el pie de ella han llegado aventureros que pudieron disfrutar de una vista privilegiada que abarca desde otros cerros hasta la grandeza del mar.
A principios del siglo XX, Francisco Piria, el creador de la ciudad de Piriápolis, tomó una extensión de tierra que pertenecía al mismo cerro, con el fin de extraer materia prima para realizar las construcciones del balneario. Algunas máquinas que se utilizaron para ese trabajo se encuentran en el cerro: un gesto para recordar a los obreros que trabajaron en aquel momento.
En 1980 se inauguró en la falda del cerro una Estación de Crías de Especies Autóctonas, que hasta el día de hoy es uno de los paseos más visitados. El ascenso a la cumbre del cerro se realizó siempre por el ingreso de esa reserva faunística. Pero ahora también se puede explorar a través de otro camino, que se encuentra en el lado opuesto, con la asombrosa posibilidad de llegar a cavidades de las rocas en las que se muestran indicios de presencia humana mucho antes de la colonización. Otro de los lugares destacados es la Laguna Colibrí, una piscina de agua natural, pura y cristalina.
Martín Coronel, uno de los creadores de este camino, nos saca algunas dudas sobre esta aventura que todos podemos conocer.

-¿Qué significó para vos trabajar en el cerro Pan de Azúcar?
Fue mi puntapié como guardaparque, y mi primer antecedente laboral en la carrera. Trabajaba en el marco de una pasantía que inicia en un convenio entre la UTU (Universidad del Trabajo de Uruguay) de Arrayanes y la EFA (la Estación de Crías de Especies Autóctona). Ahí arrancamos siete guardaparques trabajando en la reserva.
La experiencia me sirvió de muchas maneras. La primera: para encontrarme a mí mismo y descubrir en conjunto con otras personas (que creo que lo vivieron de la misma manera), una forma de concebir el Cerro Pan de Azúcar que antes no se tenía visualizada. Me refiero a la parte natural, a sus aspectos de biodiversidad, geología, de ocupación humana desde hace mucho tiempo. Y eso se produce al estar ahí, en el día a día, al tomarse un tiempo para explorar e investigar sobre todas esas riquezas naturales históricas y culturales que tiene. Eso ayudó a que se empezara a pensar en el cerro de otra manera.

-¿Cómo fue la creación del segundo ascenso al cerro denominado “Cuevas del Indio”?
Nosotros creamos un sendero para dar a conocer los distintos valores del lugar, para que no sea solamente un paseo, sino que la gente se pueda llevar un conocimiento que es parte fundamental de la educación y de la interpretación ambiental. Y que sirve mucho para la sensibilización y el empoderamiento de las áreas naturales de parte de las personas.
Buscamos que sea una actividad para que se vayan hablando los distintos temas que se pueden dar dentro del marco de un ascenso aventura. Existen dos propuestas diferentes: una es el sendero a las cuevas y otra es el sendero de ascenso con una dificultad alta. Y vamos charlando sobre temas de interés como complemento al paseo aventura. Es un antecedente nuevo, porque, si bien el ascenso tradicional no es el único sendero que hubo en la historia del cerro, hoy en día la mayoría están cerrados, ya que en el aérea se encuentran predios privados.

-¿Qué rasgos arqueológicos se pudieron encontrar?
Mi respuesta será un poco abierta, en el sentido de que todavía el área no ha sido objeto de estudio de arqueólogos. En nuestra área de ascenso hay sitios de losa de granito donde se arman una suerte de “piletones” que se llenan de sedimentos (tierra, materia orgánica…) y hay pecaríes que se han escapado de la reserva, más otros animales que se alimentan de algunas plantas. Eso sacó a la luz algunas piezas arqueológicas que a nosotros nos hace suponer que toda esa zona es un sitio arqueológico, más allá de que se sepa que en un pasado había cairnes, que son estructuras antrópicas (modificadas por la actividad humana, NdR) que formaban las tribus que habitaban en esa zona y que usaban ritualmente. Allí enterraban a sus muertos y hacían ofrendas. Posiblemente, al destruirse esas estructuras, los antiguos habitantes se hayan movilizado debido a la escorrentía que hay en esa zona porque tiene pendientes pronunciadas. Como el agua remueve el suelo, se va liberando el material arqueológico que se disemina por toda la loza. En realidad no se puede hablar de que es un sitio arqueológico hasta que no vaya un profesional para comprobarlo. Sí sabemos que son elementos que fueron manufacturados por indígenas por el tipo de estructura que tienen, los golpes precisos, la forma, el tipo de piedra, que no es el tipo de lito que abunda en el cerro.
El Pan de Azúcar está compuesto por rocas sienitas y microsienitas y hemos encontrados riolitas que no son propiamente del cerro. Eso significa que ese tipo de piedra fue llevado hasta ahí. El tema es que todavía no se ha encontrado un sitio arqueológico primario sin modificar, donde se pueda estudiar y decir “acá hubo ocupación humana”. Es algo lógico en realidad, porque se sabe que los habitantes originarios andaban por las sierras.

-¿Qué aspecto importante tiene el ecoturismo en el lugar?
El ecoturismo, a diferencia de otras prácticas de turismo, se maneja con una capacidad de carga limitada, para no generar mayor impacto en el lugar del que ya se genera al transitar y hacer un sendero. También se maneja una dinámica de educación ambiental, que desarrolla temáticas importantes para que la gente empiece a tener conciencia del cuidado de la naturaleza. Si uno conoce la naturaleza o se interesa por conocerla, empieza a sensibilizarse y a verla de otra manera, no como un simple paisaje y el lindo tiempo que estoy pasando, sino que podría degustar un fruto nativo, conectar con un aroma, saber de qué plantas estoy rodeado… En una palabra: los beneficios que tiene estar en un lugar como ése, y que ese tipo de lugares exista. También los valores históricos, los procesos que han sucedido en el lugar.

-¿Cómo fue el año en cuanto a visitas, a pesar de la pandemia que estamos viviendo?
Fue un año muy positivo, porque a pesar de la pandemia la gente acompañó mucho la posibilidad de disfrutar y conocer la naturaleza. Tuvimos buena dinámica de trabajo. En febrero fue la apertura del emprendimiento y después cortamos en marzo, cuando hubo un período en que no se podía trabajar. Arrancamos nuevamente a mediados de junio y hasta ahora no hemos parado.

-¿Qué nos podés contar de la Estación de Crías de Especies Autóctonas?
La Estación se creó en el año 1980 de la mano de Tabaré Uruguay Gonzales y el intendente de entonces, que era Juan César Curuchet. En ese momento era un sitio único, por tener un zoológico de especies nativas. Después de un período de abandono, volvió a resurgir con fuerza cuando hubo un cambio de dirección. Fue Brenda Bon quien arrancó de nuevo, y hasta que se jubiló, la reserva empezó a tomar otro enfoque. Se empezó a hacer convenios con otras instituciones académicas y a mejorar las condiciones de los recintos, que era uno de los puntos flacos de la reserva. Estamos hablando de un proceso que se inició hace cuarenta años, y que hoy seguimos con más renovación apuntando a generar mayor bienestar para los animales.

-¿Cómo es la flora del cerro?
La reserva en sí misma no tiene una zona de vegetación destacada a no ser el “Rincón de las Brujas” que es una zona que fue redescubierta el año pasado y fue una de las que revelaron novedades en el conocimiento de la flora del lugar. Especies que vienen de un origen tropical y subtropical y encuentran en el cerro Pan de Azúcar su distribución más al sur del planeta. Eso es algo interesante, porque implica que vienen a través de los corredores biológicos sobre la costa y sobre las sierras que vienen desde el Sur de Brasil y atraviesan desde Cerro Largo hasta Piriápolis, y que terminan en los cerros del puerto de Piriápolis.
El Pan de Azúcar es una elevación bastante inaccesible, pero todavía quedan algunos lugares donde no se ha explorado al detalle. Entonces aparecen algunas particularidades como plantas raras o muy antiguas como la “palmera mono” que nosotros apodamos así por la forma que tiene. Es una suerte de espiral muy ornamental. Son particularidades, porque también hay pindós y claveles del aire.

-La “Cueva del Indio” no era visitable antes. Se dice que una persona se perdió allí. ¿Es así?
Eso fue increíble, porque a partir de ese suceso, de ir a buscar a esa persona, encontramos ese lugar y fue como el puntapié para seguir explorando el resto.
Un día estábamos trabajando con Camilo Abreu (uno de mis compañeros) y justo nos enteramos de que había una persona perdida. Los bomberos iban a subir por el sendero tradicional, y nosotros los guiamos por otro lugar. Es una zona de peñascos graníticos que tiene por debajo un bosque primario que nunca fue intervenido por el hombre. Hasta ahora sigue siendo una incógnita cómo llegó la persona allí. Iba a hacer una promesa para dejar de fumar y se perdió cuando agarró por otro lugar. A partir de ese episodio descubrimos nuevos lugares.

-¿Creés que hay algún tipo de factor de riesgo en el área, en cuanto a la posibilidad de incendios o contaminación?
Hoy en día la mayor presión es la inmobiliaria. Es una zona muy valorizada para chacras turísticas por el paisaje de las sierras y el mar, y eso hoy en día está implicando un impacto que genera distintos vectores por los que pueden venir los incendios. Se urbaniza la zona y hay mucha forestación y muy poco mantenimiento de esas forestaciones. Y eso impacta, más que nada teniendo en cuenta que el cerro forma parte de lo que es la cuenca de la Laguna del Sauce. Todavía tenemos zonas de manantiales y vertientes de agua en estado puro. Nosotros tomamos agua de ahí.

-¿Qué es lo que te motiva a vos a realizar esto?
Poder trasmitir esas experiencias que uno tiene en el contacto con la naturaleza. No solamente con el cerro Pan de Azúcar, sino también salir a la naturaleza para mostrarla a personas que no tienen esa oportunidad en lo cotidiano. Permitir que valoren y aprendan a contemplar la naturaleza con otra óptica, no solamente de ver lo superficial, sino interactuar una forma amigable, con respeto, con amor. Y para mí, el cerro Pan de Azúcar hoy en día es uno de los lugares que más me motiva para seguir explorándome y explorando el lugar, y que la gente pueda hacer lo mismo: explorarse, explorar, conocer, amar. Eso es lo que más me motiva desde mi función como guía. Siempre con ese espíritu, ir con respeto a la naturaleza y aprender.