Relato

Correo de lectores

Dedicado a la memoria de mi papá Fredy y al fútbol, que siempre salva y hoy enaltece la figura y el recuerdo de Diego Armando Maradona.

Por: Noelia L. Pérez Corrochano
010--Buenos-Aires-Ciudad

Murió Maradona. Ayer 25 de noviembre de 2020 (¡año nefasto si los hay!), cerca del medio día la noticia dio vueltas al planeta conmocionando a todos, a amantes y detractores, al mundo del fútbol y a la gente común, a pobres y ricos, a River y Boca. Porque el Diego era eso, era contradicción en su máxima potencia y yo quedé consternada, desde entonces y hasta este momento hay un permanente nudo en mi garganta.

“Se murió el fútbol”, dijo un periodista y sin dudas no se equivoca. “Se nos fue el capitán” sentenció Ruggeri emocionado y yo llorando a la par. Pero si bien “el 10” era indiscutiblemente enorme, mis lágrimas brotan enredadas en miles de recuerdos que su partida me despertó.
¡Qué loco que un personaje público, famoso e inalcanzable te lleve de repente a un lugar tan íntimo, tan propio, tan olvidado!
Hace poco más de dos años falleció mi viejo y lo escribo y no lo creo, aún no estoy convencida que sea del todo cierto y el duelo es un estado muy raro que no creo procesar. Con el tiempo lo extraño más y lo amo más y se van borrando casi como por arte de magia los momentos feos.
La cuestión es que vengo de una familia futbolera, de una casa donde se respiraba fútbol. Mi viejo, insoportablemente “gallina”, y mi hermano del medio le seguía los pasos. Yo y mi hermano más chico, “bosteros”. Los domingos eran de rivalidad total, griteríos a los árbitros, enojos, el bando de River era más caliente, con mi hermano las expresiones eran más medidas. Veíamos partidos de los clásicos pero también de equipos a los que no los conocía ni su familia.
Mi viejo había sido jugador en sus años jóvenes del La Celia Sport Club. La camiseta de La Celia es blanca con una banda roja. Creo que no son necesarias más explicaciones para saber por qué jugaba ahí. (¡Vieron que dije que era insoportablemente “gallina”!).
Luego vinieron los hijos, las responsabilidades, y mi viejo dejó la práctica de lado pero no la pasión, pasión que nos transmitió desde chiquitos.
Apenas mis hermanos pudieron hacer dos pases iban a fútbol, pero eligieron jugar en el club Eugenio Bustos, eterno rival de La Celia. Pero a mi viejo no le importó demasiado, tanto fue así que al poco tiempo era presidente de la escuelita de fútbol y en casa estábamos todos comprometidos con las tareas del club. Mi mamá hacía carteles, lavaba la vestimenta y preparaba “sanguchitos” a montones. Mis hermanos entrenaban y hacían buena letra (¡eran los hijos del presidente!) y yo, atendía el kiosquito, vendía números de rifas, lo acompañaba a reuniones.
Recorrimos la provincia jugando campeonatos. Los sábados a la tardecita eran un quilombo de pibes y padres que llegaban a la casa a pagar números, a llevar comida, a dejar a sus hijos para que durmieran ahí. Siempre faltaba plata para el colectivo (plata que algún auspiciante terminaba poniendo), siempre a algún pibe le faltaban botines o canilleras y ahí mi viejo resolvía: “Vos mañana andá a jugar tranquilo. ¡Lo vamos a arreglar!”. Siempre alguien donaba medias para todos o las remeras para alguna categoría, entonces si bien “los funebreros” (como se apoda al club) jugaban con casacas negras y amarillas, jamás fueron todas iguales. A veces estaban tan cargadas de sponsors que era difícil ver los colores.
Conocí, gracias al fútbol, clubes muy lindos y canchitas que de casualidad catalogaban como tal. Fueron miles de domingos que volvíamos sin garganta de tanto cantar, fueron momentos de eterna felicidad viendo a mi viejo a la orilla de una cancha. Le faltaban brazos para abrazar a los chicos, ganaran o no…
Y el lunes a la lucha, a trabajar, a la rutina, sin olvidarse que tenía que reunir 700 pesos para el domingo siguiente, o que había que conseguir botines para un nene de la categoría 93.
Levanto la mirada. Está la tele prendida y hay una multitud despidiendo al máximo exponente del fútbol, y vuelvo a llorar porque el fútbol acaba de rescatar una parte de mi historia casi olvidada, un papá al que el tiempo había desdibujado, porque el fútbol es Maradona y es mi viejo y son todos estos recuerdos.
Mi homenaje al ídolo, al más humano de mis héroes, a mi papá.