El deporte, espejo de la vida social

Las alegrías más grandes que unen a un país suelen adjudicarse a los triunfos deportivos. Generan una pasión compartida y unen a personas que en otros ámbitos (el político, el social, el religioso…) se ubican en veredas distintas. Y las derrotas también pueden influir en el estado de ánimo de una comunidad, también lo hemos experimentado.

Por: Juan Pablo Pérez Tomalá y Mario M. Caballero
Premsa Ajuntament de Torrent

Los partidos de fútbol suelen ser ocasión de encuentro entre amigos, de acaloradas discusiones, y de acercamientos.
Pero más allá de la algarabía en los estadios y en la televisión, el deporte -cualquier deporte- puede ser también la oportunidad de cambiar la vida de niñas, niños y adolescentes. Es un instrumento para promover valores como la convivencia, el respeto y la solidaridad, a través de iniciativas públicas y privadas, en los que los chicos participan con alegría e ilusión.
El deporte es un espejo de la sociedad. Saca lo mejor y lo peor de nosotros. Pensemos en la igualdad de oportunidades, por ejemplo. Quien vive aislado en medio del campo no tiene las mismas posibilidades que un capitalino. Lo mismo se puede decir en cuanto a la igualdad entre varones y mujeres. “Todavía hay un largo camino por recorrer antes de ver una igualdad total en el mundo del deporte”, alertaba ONU Mujeres en 2016. “Las niñas y mujeres en todo el mundo obtienen menos oportunidades, menor inversión, capacitación y seguridad cuando practican un deporte. Cuando logran llegar a ser atletas profesionales, se encuentran con un techo de cristal y una brecha sustancial en el salario”, concluía la entidad.
En nuestra región, esta diferencia aparece acentuada. Solo tres países representaron a América Latina en el Mundial de fútbol femenino que se jugó en Francia en 2019 (Argentina, Brasil y Chile). “De los 26 países latinoamericanos y caribeños, muy pocos cuentan con un equipo femenino profesional”, recordó el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En Argentina, recién en 2019 se jugó un partido de fútbol femenino en un estadio como la Bombonera. En el torneo femenino de Perú, solo dos clubes pagan salarios a las jugadoras.
Este espejo de la realidad que es el deporte revela también otros aspectos oscuros, como el doping (reflejo de la necesidad de ganar a toda costa), la corrupción y la violencia.
El fenómenos de las llamadas “barras bravas” -que muy poco tiene que ver con la afición deportiva- es dramático especialmente en algunos países, donde los dirigentes de los clubes son rehenes de los cabecillas de estas agrupaciones, y tienen que “comprar sus favores” con entradas gratuitas y otros privilegios a cambio de paz, por más absurdo que suene.
Desigualdad, falta de oportunidad, corrupción y violencia son desafíos que estamos llamados a afrontar. Es posible hacerlo atacando directamente el problema, pero sería más eficaz generar las condiciones para que “de entrada” el deporte -como los demás ámbitos de la vida- sea igualitario, honesto y promueva la paz y el desarrollo para todos.
En cuanto a la desigualdad, podemos apoyar más las competiciones femeninas, buscar que el Estado las incentive e impulsar que nuestras niñas practiquen deporte como los varones. Aumentando la población deportista, estará más cerca el día de la paridad de oportunidades y salarial. Con respecto a la corrupción, la receta es una sola: educación más transparencia. Es fácil decirlo, pero aún hay mucho margen para concretarlo. Sin embargo, no hay atajos posibles.
Para combatir la violencia -además de cortar por lo sano invirtiendo en la tecnología para mejorar el control dentro y fuera de los estadios-, habrá que comenzar desterrando el bullying en escuelas y colegios. Lo cual no es realizable si no comenzamos en la familia, educando al respeto de las diferencias y practicándolo.
Todas estas son tareas que necesariamente tienen que ser compartidas por las escuelas, los clubes deportivos, las asociaciones e incluso por el periodismo. Y en todos estos ámbitos no podemos comenzar sin “predicar con el ejemplo”. Seamos la prueba viviente que los valores que profesamos no son eslóganes, sino guías para una conducta que, además de promover paz, desarrollo y crecimiento social, procuran paz, desarrollo y crecimiento a cada uno de nosotros.