Cristianos dialogantes, una silenciosa esperanza

La actitud de diálogo no es algo opcional para un cristiano. El Concilio Vaticano II, en el documento Unitatis redintegratio (1964), indica la restauración de la unidad de todos los seguidores de Cristo como una preocupación principal. Recuerda que “única es la Iglesia fundada por Nuestro Señor” y declara que la división de los cristianos “es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio”.

Por: André Barros de Castro y Silvano Malini
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Casi seis décadas después, muchos prejuicios y malentendidos entre Iglesias han sido superados. El ecumenismo ya no toma como punto de partida tales diferencias, sino la común confesión del Dios uno y trino y de Jesús como Señor y Salvador.
En su visita a Lund (Suecia) en octubre de 2016, para los 500 años de la Reforma y los 50 del inicio del diálogo entre católicos y luteranos, el Papa Francisco afirmó que “lo que nos une supera con creces lo que nos divide. Somos sarmientos de la misma vid”. El pastor Martin Junge, Secretario General de la Federación Luterana Mundial (que representa a más de 74 millones de cristianos en 98 países), consideró ese momento histórico como una oportunidad para que católicos y luteranos se alejaran “de un pasado empañado por el conflicto y la división”.
La experiencia del ecumenismo, en la gran mayoría de los países (los nuestros incluidos), se caracteriza por la amistad fraternal entre líderes y fieles comprometidos de varias comunidades. Esa amistad se consolida —y se visibiliza— en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra entre las fiestas de Pentecostés y de la Santísima Trinidad (este año, entre el 23 y el 30 de mayo). En esa semana, ministros y feligreses de distintas Iglesias oran juntos en el templo de una u otra congregación, y a menudo celebran momentos de convivencia para fraternizar y conocerse mejor, ya que “se ama solo lo que bien se conoce”, como decía San Agustín.
En otros momentos del año se cursan mutuamente invitaciones a conciertos, eventos o se colabora en campañas sociales o de sensibilización. La participación en estas instancias con actitud de diálogo es una escuela que enseña a descubrir, respetar y apreciar la creencia, los ritos, la sensibilidad —en una palabra: la identidad— del otro.
La comunión, fruto del diálogo, no significa uniformidad, sino armonía de las diversidades culturales, litúrgicas y misionales. Diferencias que enriquecen y permiten crecer. Porque, como nos enseñó el Concilio, son frutos del mismo Espíritu de Dios, que sopla dondequiera que el espíritu humano se encuentre predispuesto a la verdad y al bien.
En este sentido, muchos cristianos de distintas Iglesias comprenden que el diálogo es una actitud de vida, y son ejemplos reconfortantes de apertura y de una entrega generosa y compartida hacia todos. Junto a las escandalosas miserias humanas de seguidores de Cristo que deberían dar ejemplos de virtud, vemos, incluso en esta época tan dramática, a muchos otros que viven con una coherencia a veces cercana al heroísmo, las enseñanzas de su maestro. El diálogo es para ellos su estilo de vida. Buscan comprender el presente del otro, y en ellos el diálogo se plasma en el servicio, incluso a costa de sacrificio. Y operan “pequeños milagros”, frutos del diálogo. Esos cristianos son ejemplos, porque hablan con los hechos. Convencen, porque ratifican sus hechos con la integridad, la libertad, la paz y la empatía que sus personas emanan. Y constituyen un motivo de esperanza, porque —lo sabemos— el ejemplo dice más que mil palabras.