Rafael Narbona

Los secretos de un “coleccionista de asombros”

Crítico, escritor y periodista español, Rafael Narbona es autor de libros como Miedo de ser dos y Peregrinos del absoluto, en los que transforma dolores personales en una experiencia mística y literaria, a la vez abriendo caminos de esperanza. Recientemente publicó una variedad de ensayos sobre autores literarios clásicos

Por: Santiago Mampel
FB Rafael Narbona

-¿Qué camino te condujo a dedicarte plenamente a la literatura?
He sido profesor de filosofía durante 25 años, fundamentalmente con adolescentes. También he hecho algunas incursiones en la universidad y seminarios. Hace unos años di el salto definitivo al periodismo. Por un problema de salud consideré que necesitaba una vida más tranquila y ahora me dedico a la crítica literaria pero también al ensayo y a la creación. De hecho, estoy publicando cuentos y hace poco terminé una novela. Mi día ahora fundamentalmente consiste en leer y escribir. En mi blog de El Cultural escribo sobre clásicos, en Revista de Libros escribo relatos y ensayos, y en la revista Vida Nueva, textos de carácter religioso. Soy un católico con una perspectiva progresista, y me identifico con la Teología de la Liberación. También me identifico con teólogos como Hans Küng, fallecido recientemente, y estoy muy contento con el aire renovador que ha traído el Papa Francisco. Creo que la Iglesia necesita una renovación que continúe el Espíritu del Concilio Vaticano II. Jesús mostró siempre una preferencia por los pobres, eso es indiscutible, y también por excluidos, prostitutas y pecadores. La fraternidad es uno de los aspectos esenciales de su mensaje, la esperanza complementa a la fraternidad y es lo que pone de manifiesto que la muerte y la injusticia no sean la última palabra.

-En tus libros hablas mucho de esperanza, pero como contrapartida también del dolor. Eso también lo reflejas a nivel personal porque has escrito desde padecimientos personales, llevándolos al campo de la reflexión, de la meditación, pero también al de la literatura. En Miedo de ser dos cuentas tu experiencia sobre la bipolaridad. Al fin y al cabo pudiste transformar ese dolor en arte. ¿Cómo es este proceso de expresarte a través experiencias dolorosas?
La historia de mi familia está personificada en tragedias. Mi padre falleció cuando yo tenía 8 años de un infarto en presencia mía y de mi madre. Fue una auténtica conmoción por la profunda relación de amor que teníamos. Diez años después, el mismo día se suicidó mi hermano mayor. Mi madre después entró en un proceso de duelo patológico que nunca superó. En un momento toda mi familia tenía problemas de salud, y yo sentí que había sido desbordado y caí en una depresión.
Durante 10 años estuve hundido en la tristeza y en la desesperanza, luego probé de todo: psicoanálisis, pastillas, y la verdad es que nada me sirvió. Finalmente, un día estaba leyendo a Edith Stein cuando estaba a punto de ser deportada a Auschwitz. Aun sabiendo que le esperaba la muerte y que su cuerpo iba a acabar en una cámara de gas o en un horno crematorio dijo “Yo sigo creyendo en Dios, sigo creyendo en el hombre y sigo creyendo en la vida”. Entonces, el ver que una persona que estaba sufriendo lo indescriptible conservaba la pasión por vivir me inspiró. Dije: no merezco estar así, creo que la vida es hermosa, Dios existe y no es esa especie de ídolo terrorífico que nos presentan los fundamentalistas sino que es un padre y una madre, algo que la da sentido a la existencia.
Por otro lado, tengo mi vocación literaria, y el afecto de mi mujer y combinando todas estas cosas decidí cambiar mi vida. Me puse una disciplina muy estricta. Empecé todos los días a leer y escribir de una manera sistemática y poco a poco salí de ese pozo. Ahora me encuentro con muchísima esperanza y optimismo desarrollando una actividad bastante frenética como periodista. He conseguido superar una depresión terrible y me gustaría enviar un mensaje de esperanza a todos lo que están pasando por algo parecido de que es posible dejar eso atrás y reconciliarse con la vida.

-Te sigue mucha gente y te va bien en las redes sociales, ¿cómo te llevas con eso?
Me va bien relativamente, porque también he sufrido muchos linchamientos. Me ha atacado tanto la extrema izquierda como la extrema derecha, lo cual significa que no lo estoy haciendo muy mal. He estado en contacto con muchas personas y no voy a permitir que los intransigentes se apoderen de las redes sociales que son de todos. No voy a transigir con el racismo, el machismo, la homofobia o la xenofobia. Aunque haya veces que me he planteado en dejar las redes, al final he llegado a la conclusión de que todas las personas tolerantes debemos luchar para que las redes sociales sigan en manos de una mayoría que quiere dialogar e intercambiar puntos de vista.

-En tu último libro, El coleccionista de asombros, hablas de los llamados clásicos, aunque algunos sean más recientes (o sea, que hasta hace poco no eran clásicos). De hecho, Borges decía “No me lean a mí, lean a los clásicos”, y es uno de los autores incluidos en tu libro. ¿De qué se trata esta última recopilación y por qué priorizas este tipo de literatura? ¿Los clásicos vuelven a fascinar?
Son 27 ensayos, algunos inéditos y otros ya publicados. En el año 2016 propuse un blog en un suplemento del diario El mundo de España que hablara de los clásicos y a la directora le pareció una buena idea. Empecé por algunos más convencionales, como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, Cervantes y Fray Luis de Granada, pero luego poco a poco fui empezando a hablar de clásicos más contemporáneos, desde Benito Pérez Galdós a Borges, que es probablemente el padre de la literatura de lengua española del siglo XX. Incluso me he permitido hablar de escritores que están vivos como Mario Vargas Llosa, a quien entrevisté hace poco y fue una charla muy enriquecedora. O, en España, hablé de Javier Marías. También incluí figuras como Albert Camus, Tomás Borrás, Fernando Pessoa, Gustavo Adolfo Bécquer, Alejandra Pizarnik, Miguel de Unamuno, Jonh Steinbeck, y hay lugar para clásicos del cómic. El Coleccionista de Asombros es un título que he robado a Francisco Javier Irazoki, un poeta español, navarro, que se ha definido a sí mismo varias veces así. Me gustó tanto la expresión que le pedí permiso para transformarla en título de mi libro.
Creo que un autor de la envergadura de Borges ahora mismo no existe. Realmente Borges ha sido, junto con Rubén Darío, el gran renovador del idioma español (curiosamente, un argentino y un nicaragüense, no un español). Borges es un prodigio verbal, que es lo mismo que se dijo de Francisco de Quevedo. También hay autores vivos que han aportado muchísimas cosas, pienso en Vargas Llosa. Critico mucho sus ideas políticas, pero es autor de novelas magistrales como Conversación en La Catedral, que es una de las grandes novelas de la literatura del siglo XX. Del uruguayo Juan Carlos Onetti, La vida breve o Juntacadáveres son dos obras que me parecen buenísimas. Me parece que su pesimismo es exagerado y devastador, creo que él era un hombre de temperamento muy lúgubre y de trato difícil, tímido y poco comunicativo. Su literatura tiene mucha calidad.
Pero el problema de la literatura creo que son las editoriales que apuestan sobre todo por las obras comerciales. Funcionan como empresas que quieren ganar dinero y ha desaparecido un poco el editor que busca la obra de calidad.

-¿Es posible que lo místico vuelva a tener un lugar en las letras?
Creo que con la pandemia, con el tema de la muerte ocupando el primer plano, hemos descubierto que somos frágiles, que nuestro destino es morir, y mucha gente se ha acercado otra vez a la religión. Pero yo contrasto un poco lo que sería el Dios de la esperanza y ese absoluto que viene de un concepto arcaico de la religión que también ha contagiado al cristianismo. Evidentemente hay muy poca gente que quiera volver a ese Dios terrorífico que castiga, culpabiliza. Creo que Jesús murió realmente por amor al hombre y fue crucificado porque enfrentó a Roma y al templo, y le dieron condena como un agitador. Veo a la imagen de Jesús como la manifestación del compromiso de Dios que decide acompañar al hombre en sus horas más trágicas y experimentar en sus propias carnes el fenómeno del desamparo absoluto. Realmente la muerte de Dios no se produce cuando lo dice Friedrich Nietzsche, sino el Viernes Santo cuando Jesús dice “¿Por qué me has desamparado?”. La religión vivirá como mística. A lo que vino Jesús es a romper el vínculo entre lo sagrado y la violencia. Es decir, “yo no vengo aquí a pedir que me adoren. No quiero siervos sino amigos”. Pues realmente ese es el Dios de la esperanza. Creo que el Papa Francisco va en esa dirección. Lo que pasa es que hay inercia y mucha gente parece que echa de menos a ese Dios todopoderoso, y yo creo que con Jesús también se pone de manifiesto que la fragilidad forma parte de Dios. Hemos tenido grandes aportes teológicos en el siglo XX. Pienso en Elias Annes Borger o en Jürgen Moltmann. Lo que hay que hacer es una reflexión teológica a la altura de los tiempos, y desprenderse de toda la carga mitológica que lo único que hace es que el hombre no pueda adquirir su mayoría de edad, que es lo que nos hace plenamente humanos.