Aprendizaje y servicio solidario

Solidaridad y educación en tiempos de pandemia

Una propuesta pedagógica que articula teoría y práctica, aprendizajes formales y participación solidaria, ha generado un movimiento presente en todos los niveles y modalidades educativas. Conversamos con la fundadora y directora del Centro Latinoamericano de Aprendizaje y Servicio Solidario (Clayss), María Nieves Tapia, sobre los desafíos que presenta el tiempo que estamos viviendo

Por: Santiago Durante
Niñas de una escuela de Futalaufquen (Chubut, Argentina) participan de la reforestación del bosque.

La educación ha sido uno de los aspectos más sacudidos por las medidas sanitarias adoptadas para combatir la pandemia, con consecuencias durísimas en muchos lugares del mundo, especialmente en América Latina. De la noche a la mañana, la escuela, que arrastra un formato acartonado surgido cientos de años atrás, de golpe tuvo que reinventarse para migrar hacia una modalidad virtual, muy poco explorada todavía en estas latitudes.
“No fueron procesos simples para nadie, ni siquiera para los países más desarrollados. Dicho esto, también es cierto que el sistema educativo en todo el mundo, más aún en América Latina, tiene muchísimas potencialidades en cuanto a su trabajo solidario con la comunidad”, explica la directora de Clayss, María Nieves Tapia, y admite cierto temor que surgió frente a semejante escenario: “Cuando empezó la pandemia nos preguntábamos si iba a ser posible seguir haciendo proyectos solidarios, porque una pedagogía que promueve salir e ir al encuentro del otro, con el planeta en cuarentena, era una locura”.
Hay muchas maneras de explicar qué es el aprendizaje-servicio. Tomando la filosofía de John Dewey podría definirse como “aprender haciendo al servicio del bien común”, o en la línea de Paulo Freire como “reflexión y acción transformadora de la realidad”. No obstante, “desde Clayss solemos definirlo como un proyecto solidario protagonizado activamente por los estudiantes y articulado intencionadamente con aprendizajes que incluyen contenidos, reflexión y desarrollo de competencias para la ciudadanía, el trabajo y la investigación”, describe Tapia.
Frente al detenimiento de la mayoría de las actividades en todo el mundo, una integrante del equipo realizó un taller con un grupo de universitarios de Alemania y surgió la idea de realizar un padlet (una especie de pizarra virtual en la que se puede trabajar colaborativamente) para que se pudiera marcar en un planisferio las acciones que se estaban haciendo en ese momento. La sorpresa no tardó en llegar. “Aun en pandemia y en cuarentena se estaban desarrollando muchísimos proyectos solidarios, por lo que colgamos el mapa en la página de Clayss. Para nosotros mismo fue un shock”, refiere Tapia, todavía con asombro. “Obviamente, por nuestros contactos, el mayor número de experiencias está concentrado en América y en Europa. Pero es impresionante ver los centenares de experiencias que se venían haciendo antes de la pandemia y que continuaron, así como las que surgieron a partir de la pandemia”.
Si bien las pedagogías del siglo XXI establecen líneas de acción que contemplan lo que se llama el “saber hacer”, competencias para la vida, empatía, desarrollo de capacidades para una ciudadanía global, etc., “con los chicos sentados y callados en el aula eso es casi imposible de practicar”, afirma la fundadora de Clayss y argumenta: “Los sistemas educativos de América Latina, con sus carencias, tienen una importante tradición basada en la solidaridad. Y cuando hablamos de aprendizaje y servicio solidario lo que estamos diciendo es que a través de los proyectos solidarios no solo se ayuda a la comunidad, sino que los chicos aprenden una serie de cosas que no se pueden aprender en un aula tradicional. Son proyectos que no se hacen para el aula o para que te pongan una nota, se hacen para los demás. Tienen un plus de sentido, de motivación, de aprender a estar con otros. Es una forma de hacer crecer la cultura de la fraternidad, más allá de que se trate de una escuela pública, privada, católica, musulmana, judía. Todos pueden ser candidatos. Y la muestra de ello es que existen proyectos de aprendizaje y servicio solidario desde jardín hasta posgrado, en escuelas especiales y de todo tipo”.
Un ejemplo de ello es el que se lleva adelante en una escuela pública de Lago Futalaufquen (Chubut, Argentina), vecina del Parque Nacional Los Alerces, que, a pesar de la pandemia encontró la manera de seguir con el proyecto que ya tiene 15 años y del que participan alumnos, maestros, auxiliares y familias. Niñas, niños, adolescentes y jóvenes son parte activa del “Vivero Niños del Lago”, verdaderos “productores” de plantas nativas, que siembran, cuidan y luego plantan con el fin de reforestar el bosque dañado por los incendios, habituales sobre todo en los meses de verano. “Como esa es una actividad al aire libre, en cuanto se volvieron a abrir las escuelas se pusieron los barbijos y siguieron forestando”, cuenta Nieves.
“El impacto de esta experiencia en el propio aprendizaje de los estudiantes es muy impresionante. Lo primero que te dicen es lo feliz que se sienten por estar haciendo algo valioso e importante para su comunidad. La conciencia que estos niños tienen sobre el cuidado del planeta es altamente superior a la que podría transmitirse a través de cualquier discurso”, reconoce. “Ellos trabajan con los guardaparques, ven cómo crecen los árboles y son conscientes de que desde su lugar están cambiando el mundo. A ellos nadie les puede decir que no pueden hacer nada porque son pequeños, o porque pertenecen a un pueblito no van a lograr modificar nada. Eso no tiene precio. Es un impacto muy grande también porque aprenden a vincularse con gente fuera de la escuela, y en jardín y primaria se vuelve muy natural el trabajo de la familia con la escuela. Eso ayuda a generar también el sentido de comunidad”.
El protagonismo de la virtualidad en tiempos de pandemia también fue una oportunidad para el surgimiento de nuevos proyectos de aprendizaje y servicio solidario. Es el caso de estudiantes mendocinos, quienes combinaron una necesidad con la valiosa herramienta de difusión en la que se convirtieron los celulares. Lo cuenta la directora de Clayss: “Crearon tutoriales en YouTube sobre cómo fabricar jabón líquido en plena campaña de lavado de manos y también sobre cómo usar los celulares para bajar los contenidos educativos cuando las escuelas estaban cerradas. Son estudiantes que le enseñaban a otros estudiantes para aprovechar el celular cuando no tenés computadora”.
También surgieron ideas que se llevaron adelante combinando la virtualidad con la presencialidad. Miembros de un club de ciencias de una escuela de Metán, Salta, que se llama “Robotistas”, aprovecharon al máximo los nuevos recursos con los que disponía el establecimiento educativo: “Cuando llegó la pandemia la escuela acababa de recibir impresoras en 3D. Entonces ellos se pusieron a investigar los formatos de las máscaras más seguras del mundo. Bajaron fotos, diseñaron planos y las mandaron a las impresoras 3D de la escuela, la docente las imprimió y las donaron a los médicos y enfermeras del hospital de Metán. A veces parece que ser solidario e ir a la escuela son dos cosas que no pueden ir juntas, y aquí se demostró todo lo contrario”.
Similar a lo ocurrido en San Pablo (Brasil), con una red de escuelas que tienen impresoras 3D y se pusieron a fabricar máscaras anticovid: “Los que podían ir a clase usaban las impresoras y hacían las piezas y los que no tenían los permisos para acudir a la escuela por cuestiones de salud armaban las máscaras en sus casas junto a sus familias”.
Sería imposible detallar los cientos de proyectos de aprendizaje y servicio solidario en distintos lugares del continente. Estudiantes de la Universidad de Monterrey (México), que asesoran en marketing y planes de negocios a mujeres emprendedoras a través del proyecto Kimakul y que a partir de la pandemia migraron al modo virtual, crearon una plataforma de venta online de todos sus productos. Muchas otras universidades latinoamericanas han movilizado miles de voluntarios en la atención a la pandemia, en el caso de la UBA también como parte de sus Prácticas Sociales Educativas obligatorias.

Una cultura que se arraiga
“El impacto es siempre el mismo, sobre todo cuando se empieza de chico. Son cosas que se vuelven tan fuertes y forman parte de la identidad que no hay vuelta atrás”, reafirma Tapia y profundiza: “En los más de 25 años que trabajo con esta modalidad he visto cómo niños que estaban haciendo aprendizaje y servicio solidario en una escuela de una villa a las afueras de Tucumán, porque trabajaron en la promoción de la lectura en su barrio y alfabetizaron a sus familiares cuando tenían 8 años, ahora son universitarios, alguno se dedicó a la docencia, armaron su proyecto de vida”.
Y remite a otra experiencia para aportar más contundencia respecto de los beneficios de estas prácticas: “A un centro de formación profesional en una villa de Bariloche acudían adolescentes y jóvenes que eran de la calle, que habían pasado historias tremendas y que gracias a ese proyecto aprendieron distintos oficios. La fundación Gente Nueva, que llevaba adelante la iniciativa, les preguntó qué podían hacer por su barrio con lo que habían aprendido. Hicieron un censo para saber quiénes eran los ancianos que estaban solos y decidieron adoptarlos porque los que en invierno no podían ir al cerro a buscar leña se morían de frío. Una de las chicas que participaba en este proyecto me decía que les había cambiado la vida a muchos chicos como ella porque nadie nunca les había dicho ‘vení, yo confío en vos, vamos a hacer algo juntos’. Esa frase me quedó muy grabada. Esa chica que estaba terminando la primaria siendo una adolescente grande, hizo la secundaria en ese centro, salió del barrio pero volvió como directora del banco de Yunus para las mujeres del barrio y ahora es asesora del intendente de Bariloche”.
Y Nieves concluye: “Hay trayectorias que tienen que ver con que nadie es demasiado chico o demasiado pobre como para no tener nada que dar a los demás. Tiene que ver con la dignidad de ser capaces de dar algo concreto a tu comunidad que realmente cambia la vida. Y a eso, no hay pandemia que lo detenga”.