700 años de Dante Alighieri

La múltiple e imperecedera Comedia

A 700 años de la muerte del poeta italiano, un repaso por su inmensa obra y su legado

Por: José María Poirier
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Al cumplirse los 700 años de la desaparición física del “sumo poeta”, como se lo llama en muchos ámbitos de los más diferentes países, se lee y recuerda su más famosa obra, la Comedia que Boccaccio llamó “divina”. Su autor se había propuesto el viaje más sorprendente: recorrer el mundo del más allá y conocer personalmente el infierno, el purgatorio y el paraíso. Lo acompañarán primero Virgilio, el altísimo poeta romano, y luego Beatriz, su amada ya bendecida en el cielo y de quien se había propuesto escribir lo que nunca se cantó de mujer alguna. Este enorme y maravilloso poema está escrito en legua toscana, no ya en latín, y a partir de allí, y junto con los aportes de las obras de Petrarca y Boccaccio, ese será el idioma de Italia.
Dante (Florencia, 1265 – Rávena, 1321) estaba profundamente enamorado de su ciudad, a la que no pudo volver por la traición del Papa Bonifacio VIII, quien alimentó en su provecho los enfrentamientos entre antiguos güelfos y gibelinos. Alighieri fue también un pensador y un hombre político. Su vasta cultura lo ubica en ese momento culminante cuando la sabiduría medieval se abre a la modernidad. Él anticipa el Renacimiento, amante de la libertad y del arte, profundo conocedor de la antigüedad clásica y de la cultura medieval.
El filósofo e historiador francés Étienne Gilson señala que “ciertos hombres y ciertas obras parecen dotados de una perpetuidad indiscutible: no solo duran en los siglos, sino que la vida que conservan absorbe la de millares de seres vivientes que se dejan devorar, no solamente sin lamentarse, sino también con alegría, agradecimiento y amor”.
Dante admiraba con devoción a Virgilio (que vivió durante el primer siglo antes de Cristo y fue considerado por los cristianos de los primeros tiempos casi como el profeta que habría anunciado el nacimiento del Salvador), pero lo que cuenta es que para Alighieri el poeta imperial representaba Roma, la ciudad donde residía el centro del cristianismo. Dante, docto y creyente, creía firmemente no solo en la unidad territorial y cultural que debía alcanzar su patria sino toda Europa: aspiraba a la presencia del emperador y del pontífice, los poderes civiles y religiosos con dos cabezas en armonía. Algo que nunca llegarían a ver él ni sus discípulos en el viejo continente.
Si bien era un güelfo blanco, Dante no cedía su libertad de conciencia ni sus aspiraciones de unidad civilizatoria. Entenderlo un poco a él y a su obra supondría un enorme trabajo de investigación histórica, política, literaria, filosófica y teológica.
Su Comedia comienza cuando nos relata que en la mitad de su vida (se entiende hacia los 35 años) se encuentra perdido al haber errado el sendero de la verdad y la virtud.
Así lo traducen en verso, primero Bartolomé Mitre, luego Ángel Battistessa y, finalmente (en edición recientísima) Claudia Fernández Spier en la Argentina. Podemos leerlos:
“En medio del camino de la vida, / errante me encontré por selva oscura, / que la recta vía era perdida”.
“En medio del camino de la vida / yo me encontré en una selva oscura, / porque la recta vía había perdido”.
“En el medio del camino de la vida / me hallé de pronto en una selva oscura / porque estaba extraviada la vía recta”.
En estos casos, los tres tratan de ser muy fieles al original y, al mismo tiempo, respetar en lo posible la música del verso.
Después vendrá, en el canto V del Infierno, el famoso encuentro de Dante y Virgilio con Francesca y Paolo de Rimini, localidad de la costa adriática; ella había sido hija del señor de Rávena y Dante debía contar con algunos detalles sobre la trágica historia. Los amantes fueron asesinados por el marido de ella, personaje siniestro. Los comentarios, a partir del Romanticismo, ayudaron a convertir la atrayente figura de la joven en una suerte de heroína del amor. Los personajes en cuestión están condenados a seguir juntos por la eternidad movidos por los vientos que simbolizan su abandono ante la pasión. Al conocer y conversar con ella (porque Paolo solo derrama lágrimas), Dante se siente llevado a “llorar triste y piadoso”. Queda conmovido y resuelve la situación sin emitir juicio y cayendo desmayado (“E caddi come corpo morto cade”). Borges, y muchos antes y después de él, se sintieron conmovidos ante la historia y ante este sonoro verso en particular.
Hacia el final de la obra, en el canto XXXIII del Paraíso, deslumbra la sublime oración mariana de san Bernardo: “Virgen y madre, hija de tu Hijo / humilde y alta, más que otra criatura, / término fijo de designio eterno, / tú eres aquella que a la humanidad / ennobleciste tanto, que el Creador / no desdeño volverse su criatura”. La define como la mediadora por excelencia: “si no acude a ti quien quiere gracia, / volar sin alas quiere su deseo”.
Otra vez recurro al ensayo de Gilson: “Se dirá que esta es también la finalidad de la teología, y es cierto, pero para ser precisos la finalidad de la doctrina sagrada es guiar al hombre hacia Dios enseñándole la verdad que salva, mientras que la finalidad de este poema sacro es la de guiar al hombre hacia Dios actuando en su pensamiento, sus sentimientos y su conducta a través del instrumento de la poesía”.
Dante Alighieri nos legó una obra inmensa y destinada a perdurar. Cada tanto vuelve a ser descubierta e iluminada bajo otros enfoques y otras sensibilidades. Es siempre una nueva sorpresa lo que nos depara su lectura, incluso a pesar de las inevitables traiciones de la traducción. Por algo Borges aconsejaba realizar el esfuerzo de conocer la Divina Comedia en el texto original, además de recitarla en voz alta para percibir el ritmo de su música. Hay también estupendas grabaciones, como la que llevó a cabo Vittorio Gassman, entre otros.