Lecciones olímpicas

Se han cerrado las Olimpiadas de Tokio 2020, pospuestas un año y realizadas en el contexto de la pandemia.

Por: Ana Giucich Greenwood.
Vatican News

Miles de deportistas con mucha ilusión llegaron a Japón para demostrar al mundo que el deporte es un factor de unidad y de encuentro de la humanidad, y a lo largo de dos intensas semanas pusieron de relieve lo que el mundo necesita hoy más que nunca: virtudes y valores, por un lado, y, por otro, la aceptación de la fragilidad humana.
Estas olimpiadas fueron, además, las más ecológicas de la historia, con medallas elaboradas desde el reciclaje de insumos electrónicos, camas de cartón, autos eléctricos… Una demostración de que cuidar la casa común es posible.
Hubo otros hechos inéditos, que no pasaron desapercibidos. Como compartir un podio, una marca, una presea de oro. Les pasó al italiano Gianmarco Tamberi y al catarí Mutaz Essa Barshim, empatados en la prueba de salto alto. Consultados por el juez, rechazaron el desempate. Decisión destacable, en un mundo altamente competitivo. Más allá de la competencia, de la perseverancia y la paciencia para llegar a estas instancias y después de una final extenuante prevaleció el sentido de la amistad, de la gratitud, de la generosidad.
Simone Biles, súper favorita para obtener el oro en varias competencias de su disciplina, admitió su fragilidad humana y puso lo colectivo por delante de lo individual al retirarse de la prueba por equipos debido a un bloqueo mental conocido como “los twisties”, una condición que desubica a los gimnastas cuando están en el aire dando volteretas. Permitiendo el ingreso de la suplente, posibilitó la consecución de la medalla de plata para Estados Unidos, lo que casi seguramente no hubiera sido posible si ella misma hubiera continuado participando. No temió mostrarse vulnerable y, al develar sus límites, y en un momento tan importante de su carrera, nos repitió la propuesta paulina de “cuando soy débil, entonces soy fuerte”: luego trabajó su fragilidad y encontró la fuerza para volver a presentarse y llevarse un bronce.
Yulimar Rojas, nueva campeona olímpica en salto triple, manifestó en reiteradas oportunidades su gratitud hacia sus padres, quienes le transmitieron valores fundamentales y le enseñaron a dar siempre lo mejor de sí. No fue la única medallista que se mostró agradecida con sus progenitores o abuelos, atribuyéndoles méritos imprescindibles en los logros alcanzados.
Tampoco pasó desapercibida la resiliencia de los migrantes africanos medallistas, quienes levantados de las adversidades, representaron con altura a los países que los recibieron y enarbolaron con orgullo las banderas de los que hoy son sus países, que les han brindado posibilidades antes negadas y a los que han celebrado con sus logros.
Equipos como los de Bulgaria, Rusia e Italia en gimnasia rítmica o el francés y el ruso en vóley masculino revelan la armonía de la cooperación y la entrega.
El maratón, prueba olímpica por excelencia, tuvo un sabor compartido con otras pruebas: el trabajo en equipo, la solidaridad.
Más de una lágrima de emoción nos han arrancado tantos atletas, individual o grupalmente, que nos han llevado al disfrute de la competencia. Sus logros han sido la punta visible de un iceberg hecho de sacrificio, trabajo, constancia, resiliencia y perseverancia. Virtudes que volvieron al centro de la atención, y potenciadas, por las condiciones adversas de la discapacidad de los competidores en las Paralimpiadas que comenzaron en Tokio el 24 de agosto. En ellas y, seguramente, también en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín 2022 y en los próximos de verano de París 2024, volveremos a disfrutar el espíritu olímpico —que expresa lo mejor del ser humano— con la esperanza de que propicie un mundo más unido y fraterno. Una posibilidad siempre latente en esta humanidad que vive y camina.